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Jorge Guardia | jguardia@nacion.com |
EN GUARDIA
Voy a evaluar las campañas del SÍ y el NO y el desempeño en los debates. ¿Quién puede reclamar victoria?
La campaña ha sido desigual. Los del NO trabajaron como hormigas para llevar el mensaje directamente a las comunidades, pero erraron al subestimar el poder de la publicidad y dejar la cancha vacía. Si no tenían suficientes recursos, debieron haberlos rebuscado.
El SÍ se centró en dos temas: temor al desempleo y el drama de corazones. El primero era difícil de explotar en un país con una economía boyante y muy bajo desempleo (de hecho, importa mano de obra). Y erró al derrochar en la novela rosa sin que nadie percibiera su efectividad. Una regla publicitaria esencial es que el valor en venta debe corresponderse con la realidad. Y los del SÍ malquieren a los del NO (y viceversa). Cuando en los sondeos bajaron, hubo reproches. Pero el famoso memorándum no fue, a mi juicio, la causa obligada. Hubo otras fallas. A Casas lo sacrificaron para encubrir la torta de corazones y poder explicar al sector empresarial el despilfarro de recursos.
Los debates, en cambio, han sido fascinantes. Apasionantes, diría. No había visto una discusión más intensa, profunda ni tan bien documentada. El SÍ ganó unos encuentros; otros, los ganó el NO. Pero, en general, fueron parejos. Sin embargo, el NO capitalizó la generosa cobertura televisiva y radial que no hubiera podido sufragar con sus recursos. Ahí pudo difundir masivamente sus ideas y refutar el epíteto de “majes” que, indirectamente, les endilgaba el SÍ (por un voto inteligente…). Eso los catapultó en las encuestas a un empate técnico.
El debate final no fue final, pero hubo sorpresas: Villasuso ganó todos los debates, menos el final; Otto perdió los suyos, menos el final; Trejos también ganó los suyos, salvo el final; Epsy golpeó y la golpearon; Ocampo y Renzo perdieron la compostura; Henry Mora fue el más caballero. Y Thompson no dejaba hablar. Pilar Cisneros, la periodista más objetiva, se lució frente al Presidente; Marcela Angulo, no. El SÍ demostró conocimiento profundo y puntual del TLC y logró articular bien sus tesis (lástima la prepotencia). El NO tuvo menor dominio puntual y se dejó arrastrar (salvo R. Araya) a una discusión legalista ante un tema netamente político. Pero también articuló sus puntos. Explotó muy bien el nacionalismo frente a los intereses foráneos, la polarización entre ricos y pobres y cuestionó los temas de empleo y la Cuenca del Caribe, ambos pivotes del SÍ. ¿Quién ganó, entonces? La democracia. Despertó de su largo letargo con temas y actores nuevos que, desde ya, se perfilan para la próxima campaña. Lindo tema para cavilar.
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