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PÁGINA QUINCE Claudio Gutiérrez | http://claudiogutierrez.com@nacion.com |
El mundo al revés
No deberían consultarme si puedo ejercer un derecho fundamental: el comercio
Exrector de la UCR
Aborrezco los TLC. Todos. Por principio. Pertenecen al mundo al revés y discutirlos es un andar patas arriba intelectual. Comprar y vender con libertad, desde que la humanidad existe, ha sido lo más natural del mundo; sin embargo, nos piden ir a votar para que un Gobierno extranjero y el propio se dignen quitarnos unas cuantas restricciones al comercio. ¡Como si comprar y vender no fuera uno de nuestros derechos naturales! Desde que existimos intercambiamos bienes. Es el comercio lo que nos hace prosperar, al permitirnos desarrollar nuestras habilidades especiales sin temor de quedarnos sin alimentos por no producirlos directamente nosotros mismos.
Hace meses que no hago deporte y ¿saben qué? No lo necesito. Estoy reparando mi casa, dañada por el comején; y una considerable parte del trabajo lo estoy teniendo que hacer yo mismo a causa del auge de la construcción que nos ha dejado cortos de operarios. Me alegro por ellos, pero me disgusta pasar los días serruchando, martillando o tumbando paredes. Me da cólera; no puedo casi leer, y la corrección de pruebas de mis libros avanza poco. Además, soy malísimo para esos oficios y ello afecta mi autoestima. Menos mal que el mundo al revés no me ha llamado todavía a producir mi comida en el patio, como exigiría estrictamente la “soberanía alimentaria” recomendada por algunos visionarios.
Trabajar, producir y consumir. Bueno, y lo que es absurdo o conveniente para las personas también lo es para los países. Ellos también deben especializarse, concentrándose en sus ventajas comparativas. Es el orden natural. Tanto los individuos como las sociedades estamos hechos para trabajar y producir, pero no para producirlo todo, sino solo lo que cada cual encuentra más adecuado para sí, en lo que sea naturalmente más hábil o pueda convertir más fácilmente por intercambio en lo que le guste o necesite.
Evidentemente, el mundo no estaría al revés si no fuera por los Gobiernos. El daño mayor que han hecho ha sido inventar las fronteras, al repartirse el globo creando de paso las abominables aduanas. Como resultado, en vez de enriquecernos intercambiando bienes sin restricciones, tenemos que discutir TLC por aquí y por allá, debatiendo minucias totalmente intrascendentes comparadas con el verdadero problema: ¿Nos dejarán comerciar en paz o no?
Odiosas minucias. Lo realmente en juego es el valor de nuestro trabajo y las urgencias de nuestro consumo. ¡Ah, pero no! Resulta más bien que tenemos que agradecerles que eliminen de vez en cuando un pedacito de los muchos obstáculos al comercio que ellos mismos nos han recetado. Tener que discutir periódicamente esas odiosas minucias es de veras el mundo al revés, no entender que estamos encerrados en cárceles que llaman países y que, en vez de discutir TLC, deberíamos estar tumbando las aduanas que empobrecen a todos, comenzando por los más pobres, cada vez que no se puede comprar un producto que sea el mejor y más barato del mundo, como sería si estuviéramos en el mundo al derecho de intercambios completamente libres.
En el siglo XVIII nuestros tatara-tatarabuelos no podían ir a misa porque andaban envueltos en corteza de árbol. ¿Saben por qué? Porque los reyes de España les tenían prohibido comerciar con los ingleses, que eran los que producían las mejores telas y las más baratas. Todavía estoy furioso por eso. Pero también lo estoy porque los gobernantes actuales sigan dándonos en migajas lo que nos corresponde por naturaleza: la libertad de producir y consumir, de comprar y vender, no importa qué ni de dónde. Voy a votar afirmativamente en el referendo, pero bajo protesta, por considerar ofensivo que me consulten si puedo ejercer uno de mis derechos más fundamentales.
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