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Buenos Días Mauricio Martínez S. | mmartinez@nacion.com |
¿Hasta cuándo?
Jefe de Información
Los bochornosos y censurables actos de violencia ocurridos el martes en el estadio manudo no son hechos aislados ni tampoco exclusivos de la barra liguista.
Desde hace mucho tiempo nuestros estadios se han convertido en sitios inseguros y en funestas escuelas –de insultos, descortesía e irrespeto hacia propios y extraños– para nuestros niños y jóvenes.
Eso no quita que los desmanes acaecidos en el reducto rojinegro no exijan un estudio profundo, el establecimiento de sanciones y de acciones correctivas para frenar la violencia.
La invasión de la cancha fue un acto premeditado ante roces previos de directivos y dirigentes de La Doce. También influyeron los malos resultados del equipo, la falta de química (¿será solo eso?) entre el ahora extécnico y los jugadores, y una junta directiva que no ha dado pie con bola con contrataciones y el manejo de la obligatoria autoridad a lo interno de la institución.
El martes, el Morera Soto fue tierra de nadie: directivos escondidos en oficinas, escasa Fuerza Pública y efectivos de la seguridad privada que, sin ninguna estrategia o preparación, lanzaban patadas a lo loco y caían en la cancha presa de una aparente mala condición física.
La lamentable cadena de “safis” en la institución manuda, en general, halló tierra fértil en la ausencia de valores como el respeto a la dignidad de las personas y el derecho a disentir de las opiniones ajenas.
Los estadios son sitios propicios para la recreación familiar. Los entendidos dicen que también funcionan como válvulas de escape para el estrés y un sinnúmero de deseos reprimidos.
Pero con qué cara o deseo va a llevar uno a los hijos al estadio cuando barras como la saprissista gritan a todo pulmón: “¡Que lo vengan a ver... que lo vengan a ver... eso no es un portero.. es una pu... de cabaret!”.
Son los mismos que el miércoles, en el estado morado, realizaron con globos blancos un acto por la no violencia en nuestros estadios.
Si lo hicieron solo para hacer escarnio de la tragedia rojinegra, no hay duda de que seguimos por la senda equivocada.
Pero si lo que primó fue la buena fe y un deseo de que de una vez por todas el futbol se pueda disfrutar sanamente, entonces ¡en hora buena ese tipo de actos!
Las barras y las instituciones futboleras están en deuda, pero merecen una oportunidad para mejorar el espectáculo.
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