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Jorge Vargas Cullel | jovargas@nacion.co.cr. |
Enfoque
Politólogo
Años atrás, un doctor de esos que expiden dictámenes de la vista para la licencia de conducir, a razón de tres por minuto y le doy vuelto, le aprobó el certificado a un ciego. El invidente siguió con los trámites y poco después obtuvo su licencia, cortesía del MOPT. “Me sorprendieron en mi buena fe”, dijo el galeno cuando un periodista lo confrontó. ¡Fabulosa respuesta!
Varguitas, un individuo al que siempre se le ocurren las respuestas perfectas con cinco horas de retraso, rinde homenaje a la agilidad mental y, de paso no, omite manifestar que tales exámenes siguen realizándose a vista y paciencia del Colegio de Médicos y autoridades de gobierno.
Hace poco, la Secretaría Técnica Nacional Ambiental (Setena) fue sorprendida en su “buena fe”. La Setena es la institución encargada de verificar que los proyectos constructivos no causen daños ambientales. Resulta que una camaronera se instaló en un humedal, un hábitat muy apreciado por su riqueza ecológica, y destruyó un manglar.
Para la Setena, el humedal en cuestión era un potrero. O sea, el biólogo responsable de hacer el estudio ambiental sacó el dictamen de la vista con el doctor aquel de las licencias de conducir. Para rematar, el abogado de la camaronera aclara: “No soy biólogo”. En síntesis: la empresa destruyó un manglar porque tenía permiso para instalarse en un potrero, el biólogo se declara sorprendido y la empresa no admite culpabilidad alguna. Como diría Sor Juan Inés de la Cruz: “Este que ves, engaño colorido, ...”.
La verdad es que el incidente no tiene nada de gracioso. La Setena tiene que explicar, y muy bien, por qué un manglar fue catalogado como pastizal. Y no vale que haga las del diputado Fernando Sánchez, coautor del memo por el cual renunció un vicepresidente de la República, que pide perdón, dice que ya pasó la página y que todo es pura necedad.
Por su parte, la empresa tiene que explicar por qué destruyó un ecosistema, amparada a una autorización que no le daba permiso para eso; además, debe reparar el daño y pagar multas.
El cuento del manglar travestido es indicativo de la baja calidad de la regulación ambiental en Costa Rica. Un país cuya principal riqueza es la biodiversidad no puede fallar en eso, especialmente cuando, ante esa baja calidad regulatoria, algunos recomiendan algo peor: quitar del todo los controles.
Por otra parte, y esto es medular, el incidente refleja los conflictos cada vez más recurrentes por el uso de los recursos en nuestro reducido territorio. Sin políticas de ordenamiento territorial, hoy en día el uso del suelo está librado al mejor postor.
Este es un craso error que debemos enmendar rápidamente.
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