Costa Rica, Jueves 29 de noviembre de 2007

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Paul Rueda

La lógica de la supervivencia

 Ojalá que los líderes políticos se percaten de la urgencia de mayor cordura

Abogado

Tantas críticas que afloran a diario sobre la ineficiencia de los Poderes públicos, en particular cuando de por medio hay cargos de elección popular, obligan a reflexionar.

Es evidente que existe una abierta separación entre la efectividad de los Poderes y las expectativas de los ciudadanos. En cuanto a este punto, se debe advertir la presencia de lógicas de supervivencia distintas.

En lo atinente a los Poderes Legislativo y Ejecutivo, a la fecha, los partidos políticos han sido los canales naturales para la elección de autoridades en la democracia tradicional. En este ámbito, la lógica de los partidos es electoral. Un partido político que no gana elecciones está condenado a desaparecer. Así, la retención y extensión del poder es una característica inherente a estas agrupaciones, que deviene tolerable si se respetan las reglas del juego democrático.

Infinidad de matices. Precisamente, el ideario político –cuando hay ideología– y los intereses de los partidos orientan su accionar en determinadas direcciones. De ahí que sea natural que un partido liberal tienda a políticas de liberalización del mercado, mientras que uno socialista fomente el Estado interventor, ya que responden a valores e intereses específicos. Entre los extremos hay infinidad de matices, de manera que la ideología real de un partido no se identifica por su nomenclatura, sino merced a la tendencia más dominante en sus acciones concretas. Empero, más allá de sus ideologías, los partidos son conscientes de su dependencia del poder, de manera que el pragmatismo de ganar elecciones y obtener puestos de gobierno estratégicos termina imponiendo pautas conductuales. Algunos llaman a esto estrategia; otros, los ideólogos puros, a menudo lo tildan de inconsecuencia.

La lógica ciudadana es muy distinta. Alejado de las ambiciones del poder político, el ciudadano común pretende la satisfacción de sus necesidades más inmediatas. Así, sus preocupaciones suelen sonar más pedestres, pero ello no les quita un ápice de importancia: cómo sacar adelante a los hijos, cómo apoyar a los padres y al cónyuge, cómo llevar el sustento a la familia, cómo dar felicidad al hogar. Ciertamente, en algunos ciudadanos, el mero interés subjetivo viene acompañado de afanes de progreso colectivo, como se advierte en la infinidad de organizaciones civiles creadas para defender y fomentar diversidad de causas nobles: la justicia, el ambiente, los grupos vulnerables, el crecimiento espiritual.

Intereses particulares. Asimismo, cada sector, desde el humilde campesino hasta el gran inversionista, procura la tutela de sus intereses particulares, tendientes al poder real basado en la fuerza económica. Pero, en el fondo, la población en general se conforma, simple y llanamente, con vivir algo mejor. Esto explica que algunos regímenes, no obstante su corte totalitario, logran altos índices de legitimidad electoral cuando sus políticas revierten en un mejoramiento de las condiciones de vida de las clases populares, al menos mientras persista una coyuntural bonanza.

El quid del asunto consiste en cómo empatar la lógica electoral con la ciudadana. La respuesta está en concienciar que la segunda es condición sine qua non de la primera, deviene una cuestión de supervivencia electoral. Al respecto, Venezuela es un buen ejemplo de lo que puede ocurrir cuando la lógica electoral (de los partidos tradicionales) se olvida de la ciudadana. Por consiguiente, la lucha de los partidos por el poder político y consecuente estrategia puede tolerarse hasta tanto no desemboque en perjuicios concretos a la ciudadanía.

La desesperante ingobernabilidad, la alarmante inseguridad ciudadana, el aumento de la brecha social, la carencia de medidas que impidan la pobreza extrema y fomenten la movilidad social con base en el mérito y el esfuerzo son caldo de cultivo para la insatisfacción popular porque atentan contra la lógica ciudadana.

Por fortuna, a la fecha, el régimen patrio ha contado con un proceso electoral confiable, que le ha permitido al ciudadano, a través del voto, demostrar la primacía de su lógica. Sin embargo, la amenaza del creciente abstencionismo es seria: le resta legitimidad a los partidos y es señal de un peligroso distanciamiento de un sector relevante de la población, no solo respecto a los partidos sino para con el sistema en general. Ojalá que a este fenómeno se le presta la atención debida, y que los líderes políticos se percaten de la urgencia de mayor cordura.

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