Costa Rica, Domingo 25 de noviembre de 2007

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La tormenta ignorada

 Urge una conferencia global para regular los caprichosos mercados financieros de hoy

Michel Rocard, ex Primer Ministro de Francia y líder del Partido Socialista, es miembro del Parlamento Europeo.

La reunión más reciente de ministros de finanzas del G7 en octubre fue un total fracaso. En lo único que se pusieron de acuerdo fue en conminar a China a que revalorara su divisa. El valor del yuan, aunque importante, no es la cuestión central a que se enfrenta la economía mundial actualmente. El verdadero problema inmediato se relaciona con lo que está sucediendo y lo que va a suceder con el dólar. Pero la dificultad principal para la prosperidad tiene que ver con las bases del sistema financiero global.

¿Qué tan bajo caerá el dólar? ¿Cómo podemos corregir los desequilibrios de las economías –China, seguida de muy lejos por Europa– que exportan masivamente a Estados Unidos o a la zona del dólar? ¿Acaso el mercado hipotecario estadounidense, que se prevé que empeore aún más en el 2008, se calmará después o contaminará al sistema financiero internacional en su conjunto? ¿Existe el riesgo de que los precios del petróleo en aumento –que ya están alcanzando récords históricos– provoquen suspensión del pago de deuda en todo el mundo? La serie de informes de ganancias de los mayores bancos de Estados Unidos muestran que hay motivos reales para la preocupación.

Las condiciones en que se encuentra la economía mundial actualmente son muy extrañas. No hay grandes cracs, pero sí varias caídas y crisis. Los banqueros centrales tratan de dar calma y tranquilidad, pero no son muy convincentes. Los Gobiernos guardan silencio y actúan, más o menos, como si nada importante estuviera sucediendo. Y, según muchos economistas, comentaristas y periodistas, las preocupaciones de hoy son dificultades temporales que se pueden resolver. No se aproxima ninguna crisis general.

No estoy de acuerdo. Creo que hemos entrado a un período de debilitamiento de las distintas partes del sistema económico global y que eso puede conducir a una recesión mundial. Este debilitamiento exige una firme respuesta pública a nivel internacional, incluyendo una reglamentación más estricta, si queremos evitar tal crisis.

¿Por qué parece tan frágil la economía mundial? En primer lugar, la forma en que opera el capitalismo actualmente ha cambiado muchísimo, comparado con su funcionamiento de hace apenas 30 años. En los países desarrollados, entre 1945 y 1975 el capitalismo trajo un crecimiento rápido del 5% anual en promedio durante períodos largos. Por supuesto, estaba sujeto a altas y bajas, pero no a crisis financieras como las que presenciamos con regularidad hoy en día. Además, el capitalismo de las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial mantuvo el pleno empleo, con tasas de desempleo de alrededor del 2% en Europa, América del Norte y Japón. La inseguridad laboral no se conocía en ese entonces y la pobreza masiva había desaparecido.

Las claves de ese período de crecimiento y felicidad fueron un sistema de bienestar social fuerte y políticas internas y exteriores principalmente keynesianas en todos los grandes Estados del mundo. Sobre todo, cada país desarrollado aplicaba políticas diseñadas para el pago de salarios elevados que garantizaran un consumo elevado y, por lo tanto, un crecimiento rápido. Los accionistas solían conformarse con rendimientos relativamente exiguos comparados con los de hoy.

Treinta años después, los accionistas han roto definitivamente con ese sistema. Las pensiones, las inversiones y los fondos de cobertura de riesgos han encabezado esta revolución. En todas las economías desarrolladas, los dividendos han aumentado espectacularmente en los últimos 25 años, entre un 8% y 10% del PIB. Pero los salarios y las prestaciones sociales han sufrido una disminución equivalente.

Varias crisis. Como resultado, el crecimiento se ha dado sobre bases débiles. En todas partes, el empleo se está volviendo inseguro y la pobreza masiva ha reaparecido en los países desarrollados. A medida que la desreglamentación económica aumentó, las crisis financieras comenzaron a surgir: desde 1990 ha habido tres crisis diferentes en América Latina, una en Rusia y otra en Asia, la burbuja de Internet y ahora la crisis de las hipotecas de alto riesgo.

En segundo lugar, en los últimos 6 ó 7 años, las enormes deudas han neutralizado el firme crecimiento del PIB en Estados Unidos y Gran Bretaña. Actualmente, Estados Unidos pide diariamente préstamos de $2.000 millones, 95% de los cuales provienen de Asia; y 45% de esa cantidad, del Banco Central de China. La deuda total de Estados Unidos supera los $39 billones, lo que equivale aproximadamente a 3,5 veces el PIB del país.

Esta situación solo seguirá siendo manejable si los precios del petróleo dejan de aumentar. Y, sin embargo, es más probable que ocurra lo contrario, con una inflación interna –peligro agravado por el relajamiento de la oferta monetaria por parte de los bancos centrales para ayudar a los bancos comerciales– que trae consigo la amenaza de tasas de interés más elevadas.

Por último, aunque actualmente los activos son mucho más líquidos, ello no ha impulsado la inversión productiva de largo plazo. En cambio, el desmembramiento rentable de empresas sanas ha liberado capital que fluye hacia activos intangibles, casas y otros bienes inmobiliarios, y que alimenta una crisis especulativa. En resumen, la economía global –repleta de mecanismos para hacerse rico de la noche a la mañana, de directivos con sueldos excesivos y de fraudes corporativos– ha perdido su norte moral.

No podemos permitir que esas tendencias peligrosas continúen sin ningún control. Obviamente estamos navegando hacia las rocas y todo el mundo desarrollado debería preocuparse. Hay una necesidad urgente de una conferencia global –una Bretton Woods II– para adoptar reglas estrictas, a fin de contener a los caprichosos mercados financieros actuales. Desgraciadamente, como lo demostró la reunión más reciente del G7, los Gobiernos más importantes del mundo no están dispuestos todavía a actuar.

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