Costa Rica, Sábado 24 de noviembre de 2007

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Diego Castro

A propósito… ¡de despropósitos!

 El desafíode la tecnología es emplearla al servicio del hombre

Ingeniero

Vivimos una época en muchos sentidos vertiginosa. La tecnología no se toma ningún descanso en su afán de otorgar servicios cada vez más valiosos. El dominio de la imagen, el color y el sonido, y las telecomunicaciones que prestan mecanismos increíbles, que permiten tener acceso a la información en cualquier punto del planeta, son botones de muestra que nos dan una idea razonable de este fenómeno grandioso.

Abundancia sería un calificativo apropiado para esa corrida sin fin de medios. Y quien dice “abundancia” dice también “dificultad” para discernir qué de todo ese maremágnum puesto a disposición es realmente necesario y útil, debido a que no pocas veces se ofrecen cosas innecesarias o inútiles, e incluso dañinas.

Esa prestación tecnológica produce vértigo por el uso –o abuso– que de ella se hace.

Un ejemplo práctico. Actualmente es factible emplear como soporte publicitario tres cuartas partes de la superficie lateral externa de los autobuses. Eso es fantástico. Lo que ya no es tan fantástico es la temática que en muchos de ellos se exhibe: piénsese en las imágenes –¡tamaño autobús!– que invitan a un sector muy determinado de personas a elegir entre la variedad de prendas íntimas que ofrece el mercado para la mujer de hoy.

Si el cuerpo fuese el criterio de valoración más importante de la mujer –y, por lo tanto, exhibirlo una necesidad–, no habría problema, pero no es ese el caso. Y, dado que no lo es, cabe preguntarse –en buena lógica– cuál es el motivo para mostrar en público aquello que pertenece a la intimidad, que exige ser protegido de miradas indiscretas. Primer despropósito. Eso supone, en aras de hacer más ventas, utilizar una persona que muestre en todos sus extremos las bondades del producto: se ha sacrificado la intimidad de una persona, se ha convertido a una mujer en objeto. Parafraseando la película El Abuelo, no me creo que en muchos casos acepten hacerlo por convicción, sino por necesidad. En cualquier caso, manipulación de la debilidad humana. Segundo despropósito.

Empresarios involucrados. Es un mercado muy competido y hay que ganar. La pregunta aquí sería: ¿es ganancia limpia la obtenida a tan alto costo? Tercer despropósito. Se acostumbra llamar “creativos” a quienes trabajan en el diseño de materiales publicitarios. Para la cuestión que nos entretiene, nos podemos preguntar: ¿dónde está esa creatividad? Cuarto despropósito. ¿No es, acaso, un quinto despropósito el que los empresarios del transporte público lucren extra con este tipo de publicidad? ¿Y un sexto despropósito, el de los que la confeccionan y colocan?

Decía el Aquinate: “Lo bello es el esplendor de lo verdadero”. Bajo esta perspectiva, el trabajo que realizan las personas mencionadas más arriba es harto encomiable: ayudar a destacar la belleza que cada mujer posee en particular, y que es única e irrepetible.

Sin embargo, esos servicios deben facilitarse en el lugar oportuno y respetando aquellos límites que resguardan su dignidad. No me cabe duda: si se lo proponen, lograrán una publicidad bella, auténtico esplendor de la verdad.

La vorágine tecnológica, de suyo, no es buena ni mala, es simplemente fantástica. Pero no resulta inocuo el empleo que de ella se hace. Y nos emplaza ante un desafío: emplearla al servicio del hombre, no a costa de él. El panorama es inmenso y también sumamente estimulante.

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