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Página Quince Luis Carlos Ramírez Zamora | diabetes@ice.co.cr |
Lo que se hizo mal
Sufrimos lacerante división social y desmadre urbanístico y ecológico
Médico
En la década de 1960, Costa Rica se perfilaba como la primera nación latinoamericana que alcanzaría el desarrollo. Con sólidas instituciones democráticas, una población joven, saludable y relativamente bien educada, de 1,5 millones de habitantes, su salud pública mejorando y alcanzando estándares de primer mundo, el analfabetismo en picada y las exportaciones en alzada – en otras palabras, con la mesa servida y el viento a su favor–, es necesario preguntarse qué fue lo que se hizo mal para que, 30 ó 40 años después, tengamos un 20% de pobreza, un monumental descalabro urbanístico y un ingreso per cápita equivalente a una quinta parte o menos del que tienen las naciones desarrolladas.
Este es un tema de obligada reflexión. Si la vida seria procura aprender de los errores, ¿qué tema nacional puede ser más importante que este? Preguntémonos, entonces, ¿qué fue lo que ocurrió, lo que se hizo o se dejó de hacer para llegar adonde estamos? Yo quiero colaborar modestamente en esta discusión, consciente de la complejidad del tema.
Capacidad rebasada. En primer lugar, experimentamos un exagerado crecimiento poblacional que se volvió inmanejable. Ese crecimiento sobrepasó con creces la capacidad nacional. Nuestra población se multiplicó por 5 o más en los últimos 50 años. El ministro de Obras Públicas y Transportes de la administración Echandi, don Espíritu Santo Salas, se lo manifestaba a don Alberto Cañas con gran claridad hace 48 años: “Ahora construimos cajas de fósforos, no escuelas como las del tiempo de León Cortés o Ricardo Jiménez”. En las décadas de 1950 y 1960, el país hizo lo que pudo por alimentar y educar a miles de niños, pero la cantidad excedía la capacidad.
Las maternidades no daban abasto, las abarrotadas aulas tampoco. A los pocos años, miles de jóvenes con educación insuficiente pellizcaban el mercado laboral para medio acomodarse en empleos marginales y mal pagados. Los más débiles o desafortunados terminaban en la indigencia, el crimen y la prostitución. Mientras, el INVU construía miles de casas, se multiplicaban los tugurios y la pobreza. La frontera agrícola se expandía a expensas de los bosques milenarios y el ITCO repartía tierras, sin tractores ni semillas, a unos pocos afortunados. La ganadería extensiva terminó de talar los pocos árboles que se habían salvado de las quemas, el hacha y la motosierra. Pronto no hubo más árboles que talar ni tierra que titular. Simultáneamente, en las ciudades seguían creciendo los cinturones de pobreza y la marginalidad El descalabro urbanístico asomó su cara para quedarse y multiplicarse hasta llegar a ser lo que es.
Cierto, el porcentaje de pobreza disminuyó, pero el crecimiento poblacional era tan alto que el número de pobres seguía en aumento. En la administración Carazo la inflación asomó su rostro de lobo. El país empobreció y más los pobres, como ocurre siempre. La sociedad se dividió más de lo que estaba. Los niños de clase media y alta abandonaron para siempre las escuelas públicas que se convertían año con año en sitios de hacinamiento y mediocridad: aulas con 40 alumnos, mal ventiladas, llenas de goteras y humedad, mal acondicionadas, olvidadas por la élite política y despreciadas por la élite económica.
Y llovió sobre mojado. Desde la década de 1980 hasta hoy, debido a la violencia y retraso centroamericanos, esta nación bendita tuvo además que acoger con los brazos abiertos a centenares de miles de inmigrantes que empujaban hacia abajo los salarios disminuidos de los costarricenses. En esas condiciones, en lugar de tener una política de salarios crecientes, como lo propugnaba don Pepe, hubo una disminución del salario real de los pobres. Hay una realidad incontrovertible que los economistas y políticos del país han ocultado: la inmigración descontrolada baja el salario de los costarricenses de menores ingresos.
Finalmente, el Estado de alma solidaria, el Estado que parió la CCSS, el Código de Trabajo, la Banca Nacionalizada, el ICE, el CNP, el SNAA, el ITCO, el INA, el IMAS y demás instituciones que promovían el desarrollo y la distribución de la riqueza y el bienestar del mayor número, fue socavado en sus raíces por las razones que todos conocemos. El país perdió su alma socialdemócrata. Ante tal realidad, lo sorprendente no es que tengamos un 20 % de pobreza, sino que el porcentaje sea tan bajo.
Así, llegamos a principios del siglo XXI con una lacerante división social, un desmadre urbanístico y ecológico de marca mayor. Los estudiosos, por razones que desconozco, no suelen dar importancia al factor demográfico, a los salarios decrecientes y al tema de la inmigración descontrolada. A mí, laico en la materia, se me ocurre pensar que son importantes.
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