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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
En Vela
Se publicó ayer, en el Foro de La Nación, una denuncia inaudita, es decir, no oída, sin antecedentes. Ojalá que, publicada, y así, leída y oída, produzca algún tipo de reacción dentro de los muros de la Universidad de Costa Rica y fuera de ella, en esta que llaman precisamente “era del conocimiento”.
Dijo el denunciante, Minor E. Salas, profesor universitario, que en la Asamblea de la Facultad de Derecho (7 de noviembre pasado), sus autores “se han asegurado el pedestal del oprobio al rechazar el nombramiento como profesor emérito para don Pedro Haba. En el mismo acto, se otorgó tal reconocimiento, eso sí, a otros profesores retirados”. “Algunos profesores –agrega– adujeron, entre otras cosas, que el Dr. Haba era “antipedagógico”.
Este calificativo significa, en buen romance tico, que sabe “demasiado” y, sobre todo, que es exigente y disciplinado, que hace pensar, que no regala notas ni títulos, que desdeña la mediocridad y que por él hablan sus obras egregias. Cuentan que los ánimos se exaltaron, entre profesores “a la tica” y profesores auténticos, por lo que el asunto lo resolverá una próxima Asamblea. El baldón, sin embargo, quedó documentado.
Este no es un episodio cualquiera o intramuros. Si es cierto lo denunciado, confirmado, además, por varios profesores presentes, este es, un oprobio no para don Pedro, que aventaja con creces el honor negado y que se reirá de tanta mezquindad y envidia, sino para la Escuela de Derecho y la propia universidad. Fueron unos pocos los autores de esta trama, pero han causado daño a los demás, merecedores de todo respeto. El mensaje educativo es terrible, revelador, además, de una cierta mentalidad que ha hecho estragos en nuestro país.
Pero ¿quién es don Pedro Haba? Su currículo, hecho de esencias, a diferencia de muchos otros, en este mundo de espectáculos y de falsas preseas, no puede abarcar su grandeza intelectual y su potencia formativa. Sus alumnos y los profesionales tallados por él sí saben aquilatar su excelencia, pues el gran maestro cala hondo y deja huella en las almas. Los otros, los fieles a la doctrina del “pobrecito”, del regalismo y del facilismo, no aguantaron, aunque, luego, fueran muy exitosos…
No es la primera vez que esto ocurre en Costa Rica y en el mundo. Esta historia es milenaria y no tendrá fin. ¡Ay de aquellos, sin embargo, que cometen la peor de las corrupciones: robarles el alma a sus alumnos –o al pueblo– entregándoles baratijas morales o intelectuales, o ideológicas, para disfrazar su mediocridad o el miedo a ejercer la autoridad!
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