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Página Quince Thelmo Vargas |
Los libros perdidos
De algunos autores, las obras perdidas quizás sean más que las que han sobrevivido
Economista
Al igual que hay historia de la literatura, hay historia perdida de la literatura. Esta la constituyen los libros únicos que la lluvia, la humedad, el maltrato o el fuego destruyeron; también los que, por muerte o enojo, su autor no terminó.
Cuando Don Quijote, el caballero racionalmente loco, regresó de su primera frustrada aventura, el barbero, el cura y su sobrina decidieron dar fuego a buena parte de las novelas que él leyó y calentaron su imaginación. Se citan Sergas de Esplandián , Florismarte de Hircania y muchas otras. San Pablo dice en su primera carta a los Corintios que antes les había enviado otra donde les pedía no frecuentar la compañía de los fornicadores, pero esta nunca apareció. Según su hija, John Milton no terminó Adán expulsado del Paraíso y el borrador de su obra cumbre, El paraíso perdido , por poco se quema en un gran incendio en Londres. El poema épico Las caroliadas , de John Ogilby, no tuvo esa suerte y fue convertido en cenizas. Charles Dickens, al morir, dejó a medio camino una obra titulada El misterio de Edwin Drood .
Conocimiento en llamas. Los líderes religiosos y fanáticos fueron especialmente diligentes en quemar todo lo que se opusiera a su dogma. La biblioteca de Alejandría, Egipto, creada en el siglo III A. C., y ciertamente la más grande del mundo en ese momento, se quemó, con lo que gran parte del conocimiento humano se perdió.
Otras obras perdidas de autores famosos: Heracles, el escenógrafo , de Aristófanes, Trabajos de amor ganados , de Shakespeare, Ultramarino , de Malcolm Lowry.
Sé que muchos lectores se preguntarán de dónde saqué esa información. De un interesante libro titulado La biblioteca de los libros perdidos (Ed. Paidós, 2007), de Stuart Kelly, un escritor que desde niño tuvo un enorme interés en coleccionar todo lo coleccionable y quien, al estudiar el teatro griego, con gran dolor encontró que, de algunos autores, quizás más eran las obras perdidas que las que habían sobrevivido. De los griegos pasó a los romanos y a los modernos como Hemingway, Dostoyevski, Ezra Pound, Carlyle, Kafka, Dylan Thomas, y su interés fue estudiar lo que de ellos no conocemos. El libro es muy instructivo, de agradable lectura, y con gusto lo recomiendo.
Sobre esto hay más. Buena parte de las publicaciones en idiomas que no sean inglés se quedarán en los anaqueles por un tiempo y morirán después, sin pena ni gloria. Yo, para hacer algo por la civilización, me he dedicado a coleccionar libros de cien o más años, muchos de ellos de ediciones limitadas, sin importar mucho el tema, pues todos tienen algo que enseñar. Entre ellos: Cartas de unos judíos alemanes y polacos a M. De Voltaire , con un comentario sacado de otro mayor para el uso de quienes leen sus obras; y cuatro memorias sobre la fertilidad de la Judea, por el Abate Guenée (1827); Elementos de literatura preceptiva, precedidos de unas nociones de estética , un superlibro para aprender a escribir, de Manuel Pereña y Puente (1908); Tratado de la usura , Marco Mastrofini (1859), que, entre otros, dice: “Varios prelados de España han concedido 2.400 días de indulgencia a todos los que leyeren u oyeren leer un capítulo o página de cualquiera de las publicaciones de la Librería Religiosa”; Arithmética demonstrada theórico-práctica para lo mathemático y mercantil (Explícanse las monedas, pesos, y medidas de los hebreos, griegos y romanos; y de estos reynos de España, conferidas entre sí), de Juan Bautista Corachan (1719); El liberalismo es pecado: cuestiones candentes , escrito por el presbítero Felix Sarda y Salvany (1884). Este libro cita otras publicaciones anteriores que quizás se han perdido: Ayunos , El purgatorio , El púlpito y Las penas del infierno .
Desafortunadamente, ninguna de las obras citadas en el párrafo anterior se presta.
Lo anterior, porque bien dice el viejo refrán: “Es un tonto el que presta un libro... pero más el que lo devuelve”.
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