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Página Quince Robert J. Shiller |
Imaginar la recesión
El desplome de 1929 parece distante, como de otro mundo
Robert J. Shiller es profesor de Economía en la Universidad de Yale y economista jefe de MacroMarkets LLC, de la que fue cofundadorCopyright: Project Syndicate, 2007
En los últimos meses, los mercados mundiales de vivienda, petróleo y los valores bursátiles se han sumido en la confusión, pero la confianza de los consumidores, los gastos en bienes de capital y el empleo aún no han recibido un duro golpe. ¿Por qué?
En última instancia, la confianza de los consumidores y de las empresas es en su mayor parte irracional. La psicología de los mercados está dominada por las imágenes públicas que tenemos en la cabeza día tras día y que constituyen la base de las imaginaciones y de las historias que nos contamos unos a otros.
Las imágenes populares de desastres pasados, con frecuencia enterradas en lo más profundo de la memoria, son parte del folclore, pero de vez en cuando resurgen para inquietarnos. Como los mitos tradicionales, esa clase de imágenes compartidas encarnan miedos muy arraigados en nuestra psique. En gran medida, las imágenes que han acompañado episodios pasados de confusión en los mercados están ausentes hoy.
Pensemos en la crisis del petróleo que comenzó en noviembre de 1973 y provocó desplome de los mercados de valores y profunda recesión mundial. Imágenes vívidas de aquel episodio han quedado en la mente: largas colas de coches en las gasolineras, personas que iban al trabajo en bicicleta, domingos con las gasolineras cerradas y otros planes de racionamiento.
Nada que se parezca. Hoy, el precio real del petróleo es casi el doble del que era en el momento culminante de aquella crisis, pero no hemos visto nada parecido a las imágenes de 1973-75. Ni siquiera recordamos la mayoría de ellas. Así, pues, la confianza no se ha visto afectada... aún.
Justo antes del desplome del mercado de valores del 19 de octubre de 1987, la mayor caída de la historia en un solo día, la imagen de la gente era la del desplome de 1929. De hecho, el Wall Street Journal publicó una crónica sobre él en la mañana del desplome de 1987. Sé que esas imágenes contribuyeron a la gravedad del desplome de 1987 al incitar a la gente a vender, porque la semana siguiente dirigí una encuesta de opinión entre inversores individuales e institucionales.
Hoy ya no conservamos en la cabeza las imágenes de 1929 de financieros que se tiraban por las ventanas, desempleados que dormían en bancos de parques, largas colas delante de los comedores populares y muchachos empobrecidos que vendían manzanas en la calle. Sencillamente, el desplome de 1929 no parece pertinente para la mayoría de la gente en la actualidad, probablemente porque sobrevivimos a los desplomes de 1987 y 2000 con pocos daños, mientras que el de 1929 parece distante, como de otro mundo.
Pero las imágenes del desplome de 1987, transmitidas por las computadoras en altos edificios modernos de oficinas de acero y vidrio sí que parecen seguir en la cabeza de la gente en la actualidad. Este año, el mercado de valores ha sufrido una de sus caídas mayores en un solo día en el vigésimo aniversario del desplome de 1987, al bajar el índice S&P 500 un 2,56% . En ningún aniversario anterior del desplome de 1987 se produjo una bajada semejante.
Imágenes pasajeras. La imagen de la gente corriendo a sacar su dinero del banco y largas colas de personas irritadas a las puertas de un banco en quiebra estuvo brevemente en nuestra cabeza después de la quiebra del Northern Rock de Gran Bretaña, pero la intervención directa del Banco de Inglaterra impidió que esas imágenes se asentaran en nuestra psicología colectiva.
Las imágenes que ocupan una posición prominente en nuestra cabeza son las de una crisis de la vivienda. Imaginamos calles de zonas residenciales con un cartel de “se vende” tras otro. Peor aún: hay imágenes de ejecuciones de sentencias, de familias desahuciadas de sus hogares, con sus muebles y pertenencias en la calle.
Si los precios de la vivienda siguieran bajando en EE. UU. y posiblemente en otros sitios, podría haber muchas más imágenes vívidas. Puede que todavía se nos presente la imagen del traslado del compañero de juegos de nuestro hijo, porque sus padres han sido desahuciados. Puede que veamos una casa en nuestra propia calle vandalizada por un irritado dueño desahuciado. Esa clase de imágenes pasan a formar parte de nuestro sentido de la realidad y podrían perturbar nuestra sensación de confianza y reducir nuestra buena disposición para gastar y apoyar la economía.
¿Podrían ser esos cambios de psicología lo suficientemente importantes para lanzarnos a una recesión mundial? Aunque no está nada claro que vaya a ser así, no deja de ser una posibilidad. La psicología necesita solo un cambio suficiente para provocar un descenso en el consumo o en el crecimiento de la inversión de un punto porcentual, más o menos, del PIB mundial y las repercusiones en los mercados pueden hacer el resto.
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