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Rosibel Morera Agüero |
Enfermode ira
Hábitos de los tiranos: permanencia vitalicia y persecución de los inconformes
Escritora
Hay pocos estudios sobre el fanatismo, enfermedad que afecta por igual al ateo que al creyente, al culto que al inculto, y contra la que no hay vacuna. Cuando alguien encuentra “la verdad”, el delirio puede transformarlo en traidor de su mejor amigo, en denunciante de su hermano de sangre, en suicida portabombas contra inocentes o culpables. Hitler proclamó que la raza aria debía, por derecho natural, regir al mundo, y esta “verdad” contaminó a Alemania entera, lanzando contra el pueblo judío la más aberrante de las carnicerías. ¿Qué frase desafortunada desencadenó tal tempestad?
Conozco un grupo de espiritualistas del que bien podría decirse que una frase provocó su fragmentación: “Lo intelectual aleja de Dios”. Extraída de quién sabe qué texto mal digerido, se constituyó en el veneno emocional y mental que destruyó al movimiento. (Según nuestro humilde criterio, debería decirse: “Si la realización espiritual hace maravillas en una persona sin estudio, cuántas más hará en una con estudio”). La frase pudo más, incluso, que el ejemplo de su espiritual fundador, doctorado en varias disciplinas científicas. Descalificados, académicos, intelectuales y artistas abandonaron el grupo, que, sin elnous (inteligencia, espíritu, pensamiento) como piloto, pronto perdió efectividad, proyección social, y peso. Ya lo dijo Nietzsche: “Pensamientos que vienen con suavidad de paloma son los que desencadenan la tempestad”.
De defensores a perseguidores. A pesar de la sangre derramada, esta soberbia implícita en todo fundamentalismo sigue siendo cosa común. Los pensadores claman en favor de la libertad (de vida, de expresión, de pensamiento), pero fácilmente sucumben ellos mismos a la tentación de asesinar (de palabra, de pensamiento, de hecho) en aras de la verdad que defienden. ¿Cuántos que lucharon ayer por el derecho a opinar diferente, persiguen hoy a quienes no piensan como ellos?
El fanático se siente bien con el enojo. Ejerce casi de oficio la protesta, la disconformidad, la suspicacia, la critica a mansalva, el antagonismo a ultranza. No cree en conciliaciones ni diálogos. Conciliar es debilidad, es renegar de la única salvación posible. Ya en el poder, repetirá los viejos hábitos de los tiranos: Permanencia vitalicia en el cargo y persecución de los inconformes. A los opositores recetará el exilio, el exterminio, elGulag , el cierre de la empresa, el paredón, la cárcel. ¡En posesión de la verdad, un poco de ruindad bien puede permitírsela!
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