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PÁGINA QUINCE Laurencia Sáenz Benavides | laurenciasaenz@gmail.com |
Amistad y política
Al llamar “fascista” al ex presidente español José María Aznar, el presidente Hugo Chávez reprodujo (y, seguramente, agravó) lo que parece ser un mal endémico de nuestras sociedades, el mal que conduce al sacrificio de la amistad en el altar de las ideologías, primer paso significativo hacia la violencia. Esa peste –la peor de las corrupciones y la que merece nuestra atención en primera instancia– es la perversión del uso de la lengua. Si la lengua, como lo pensaba Ortega y Gasset, “revela (…) y grita, sin que lo queramos, la condición más arcana de la sociedad que la habla”, el uso del idioma que se practica en América Latina la muestra en un estado de preocupante rigidez mental.
Las etiquetas, la tiranía del pensamiento y la enemistad. Muy a menudo, no se puede en nuestros países discrepar sin que se use y abuse de etiquetas con las que se pretende hacer la economía de un debate de ideas, del que seguramente muchos saldrían muy mal librados. “Neoliberal”, “reaccionario”, “progresista”, “fascista”, “populista”, “vendepatrias”, “comunista”, “oligarca”, son algunas de ellas. Hay, en esa manera de expresarse, “demasiado énfasis y muy poco análisis”, en palabras del autor citado.
Estas etiquetas, lejos de nombrar la realidad que con ellas se pretende designar, tienden a introducir más confusión en el espacio de sentido sobre el que descansa la posibilidad de la amistad entre ciudadanos, la amistad siendo, como lo dice Aristóteles en el famoso capítulo VIII de la Ética Nicomaque a, “la cosa más necesaria en la vida”.
Las palabras citadas ni siquiera son, por lo general, entendidas por quienes las repiten. Usadas como fórmulas del tipo vade retro , se les atribuye un poder casi mágico, pero su función es constituir un escudo defensivo que ahorre el esfuerzo de escuchar y entender las razones de quien piensa diferente; en el peor de los casos, se utilizan como arma para agredir al prójimo.
Democracia y uso de la lengua. En una democracia, como bien se desprende de la respuesta del presidente Rodríguez Zapatero a las provocaciones belicosas del presidente Chávez, el uso que conviene hacer del idioma debe ser articulado. Esto significa que las palabras no deben separarnos del otro, sino procurar establecer vínculos de sentido, no necesariamente para coincidir, sino también para entender las razones que nos conducen a discrepar. Y esto porque uno de los principios fundamentales de la vida en una comunidad democrática es la libre expresión de ideas y creencias. Al interrumpir el libre flujo de ideas y representaciones que nos permitirían articular una argumentación susceptible de rendir razón de nuestra discrepancia o adhesión a determinada visión de las cosas, la etiqueta nos corta tanto del otro como de nosotros mismos. El individuo mediocre e impaciente por descalificar al adversario de esa manera, es así enemigo de sí mismo y sembrador de la discordia entre ciudadanos de una comunidad nacional e internacional. El uso de la palabra como medio para cortarnos del otro, es el primer paso hacia la tiranía, régimen en el cual, como lo decía Aristóteles en la citada obra, la amistad es imposible.
Cuidado del idioma. Allende la responsabilidad del jerarca en el uso que debe hacer del idioma, del que dependen muy estrechamente las relaciones de amistad y concordia entre los individuos, nos incumbe a todos nosotros elevar la mejor de las resistencias contra la inminencia de la tiranía del pensamiento: exigirle al prójimo lo que tenemos que exigir primero de nosotros mismos; esto es, examinar, definir y rendir razón de nuestras convicciones religiosas o políticas.
El cuidado por el mundo depende del cuidado por el idioma. En esta importante labor, el intelectual independiente y el académico universitario tienen una responsabilidad particular, ya que se presentan a menudo como los “vigilantes” –en lo que a mí respecta, prefiero menos policías censores y más pedagogos esclarecedores- de la realidad nacional y gozan de cierto prestigio ante los ojos de los ciudadanos. En lugar de masticar eslóganes y de arrojarlos en las calles; en vez de lanzar semillas a casas de políticos, la tarea del intelectual es, cuanto más sencilla, más fecunda: irrigar, haciendo uso riguroso de los conceptos, el terreno en el que se enraíza la relación de amistad entre ciudadanos.
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