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Édgar Espinoza | eespinoza@nacion.com |
AL Grano
periodista
Uno siente en este momento que el país está volando. El motor de la economía nos tiene en una nube de euforia. Todo el mundo invierte, compra, derrocha. Se respira optimismo. ¡Todo se mueve: la producción, el comercio, las finanzas…! Los índices oficiales hablan de estabilidad y crecimiento. De pujanza y pitanza. Dinero va, dinero viene. Algo nunca visto en este solar de labriegos sencillos.
Más aún, en los últimos días, tras la aprobación del TLC, se percibe un revuelo mayor. La reciente gira de Arias y de un nutrido séquito de empresarios a China nos tiene con el pulso a mil por hora. Lo mismo las recientes negociaciones aquí con la UE para consolidarnos en ese difícil mercado. La algarabía es total. Estamos tocando todas las puertas del universo para entrar y competir. ¡Que el euro, que el petróleo, que el yen!
Basta ojear la prensa o andar por la calle para sentir la efervescencia. Se edifican centros comerciales a cualquier hora en toda parte. La construcción no da abasto: rascacielos, residenciales, condominios, mansiones. En la playa, en la montaña. Allá y acullá. Restaurantes repletos. Tienda que no exista, se inventa. Hoteles de lujo imperial. Multinacionales al por mayor. Tecnologías de punta y repunta. Presas de aviones en el cielo y de turismo en el suelo. ¡La locura! ¿Quién podría dudar de semejante auge?
Pero esa, señores, es la Costa Rica glamorosa. Hay otra: la escabrosa. La de los fines de semana de 17 personas muertas de un tajo por crímenes y accidentes. Y todos con saña, como si morir estuviese en oferta permanente. Mi vida vale el celular que ando, o el trago de más del conductor fiestero. Y sin necesidad de salir a la calle; la promoción incluye servicioexpress , como cuando las pandillas se abren paso a balazos para saquear las casas. El mensaje es claro: se adueñan del país, se adueñan de nuestro pellejo.
Una Costa Rica es consecuencia de la otra. Y, como tales, una misma. Una misma en la que a ratos nos sentimos extraños en ella. ¿Será todo eso la señal inconfundible de que avanzamos al añorado primer mundo, y nosotros, de puro maiceros, no nos hemos dado cuenta? Con razón no la reconocemos. Con razón no entendemos por qué un juez libera al día siguiente al que viola o mata. Ni entendemos al legislador renuente a actualizar y endurecer las leyes contra tanta masacre. Ni al Gobierno, que la contempla como algo normal.
Sí, debe de ser eso; que nos estamos haciendo desarrollados. La fórmula está a la vista: crecer como máquinas de hacer plata, mas no como personas.
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