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Página Quince Enrique Obregón V. | enriqueobregon@yahoo.com |
El ciudadano Juan Carlos
Con los derechos y libertades de los pueblos no se juega
Abogado
El presidente Chávez, de Venezuela, inventó, en nuestro tiempo, la dictadura democrática. Por la vía del voto popular, descubre y justifica el poder absoluto y sin control, dictadura total y vitalicia. Pero, además, considera que su irregular legalización lo autoriza para adueñarse del insulto y del irrespeto para expresarlos, en todo lugar, como si estuviera rezando el padrenuestro. Los que no piensan como él son traidores, serviles y desaprensivos fascistas.
Frente al contumaz irrespeto del presidente Chávez, Juan Carlos, el rey, olvidando su corona al investirse de ciudadano de España, de América, del mundo, de la democracia de verdad, le dijo, le gritó, con furia de hombre libre y consciente –legitimando su representación– cinco palabras, cinco palabras nada más: “¿Por qué no te callas?”.
El ciudadano Juan Carlos no mandó guardar silencio al Presidente-Dictador, sino a la soberbia investida de autoridad, a la ignorancia que se apropia de infundadas verdades, al militarismo que pretende otra vez burlarse de sagradas disposiciones democráticas.
El ciudadano Juan Carlos, precisamente en un foro democrático internacional, declaró, con cinco palabras nada más, que con los derechos y las libertades de los pueblos, un hombre que se apropió de todos los poderes no puede jugar jamás.
Ni libertad ni justicia. Posiblemente el ciudadano Juan Carlos, en el momento de pronunciar sus universales cinco palabras, estaba recordando aquellas dos sentencias que pronunció D. Agustín de Argüelles en su Discurso Preliminar a la Constitución de Cádiz de 1812: “La experiencia de todos los siglos ha mostrado hasta la evidencia que no puede haber libertad ni seguridad, y por lo mismo, justicia ni prosperidad, en un Estado en donde el ejercicio de toda autoridad esté reunida en una sola mano”, y que “los españoles de todas las clases, de todas las edades y todas condiciones sabrán lo que son y lo que es preciso que sean para ser honrados y respetados de los propios y de los extraños”.
Un rey que se despoja de los atributos que le otorga la monarquía y asume voluntariamente la condición de simple pero honorable ciudadano para defender a su país y a un compatriota que fue groseramente agredido, y que no le importó poner en entredicho su propia condición real, no tiene precedente en la historia de la humanidad y merece el reconocimiento y el aplauso de todos los demócratas del mundo.
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