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Axel Avilés G. | axelin@costarricense.cr |
Solo han sido 30 años
Una jornada tiránica que gobernó con la complicidad colectiva
Sociólogo
Hace escasos días asistimos a la celebración del aniversario 30 de la graduación de mi grupo de egresados del Conservatorio de Castella. Este encuentro permitió concentrar, en un mismo espacio, una diversidad de personalidades individuales y sociales que, de alguna manera, me hizo reflexionar sobre la identidad costarricense contemporánea.
Las transformaciones del país en estas tres décadas han marcado giros importantes en todos los sectores sociales y los impactos son muy evidentes, en intensidades y consecuencias, para todos.
Esos jóvenes de entonces, flacuchos, melenudos e impulsivos, ellos, hermosas y firmes aún, ellas, no son hoy, por mucho desearlo, ni sombra física de aquellos que soñaron con cambiar el mundo, su mundo, a partir precisamente de la sensibilidad propia de los artistas forjados en un entorno creativo y libre.
La activad permitió encontrar un puñado de rostros y personalidades, nuevas, desconocidas, dejados de frecuentar hace dos tercios de nuestras vidas. En un momento dado, a más de uno nos asaltó la sensación de estar extraviados en un presente incomprensible, pletórico de personajes un tanto chejovianos, desempolvados de un pasado distante, aferrados de acontecimientos tomados de los archivos mentales de cada uno, donde los filtros psicológicos hacían rescatar aquellos hechos positivos de esa agitada década de 1970 y cuestionar los buenos, tristes o incómodos momentos vividos colectiva e individualmente.
Forja de sueños y vida. Uno a uno fuimos retrocediendo en el tiempo y el escenario fue, cual golpe de Estado, tomado por aquellos talentosos músicos, cantantes, poetas, actores, bailarines y locos que, en medio de un lenguaje hoy incomprensible para nuestros hijos, degustamos el alma de esa nacionalidad que nos forjó los sueños y la vida. Fue una jornada tiránica que gobernó con la complicidad colectiva.
Los que desfilamos por el título aquel 1977, de la mano del maestro Arnoldo Herrera, hoy se han convertido en abogados, psicólogos, educadores, sociólogos, amas de casa, empresarios, diputados, faranduleros, concertistas, pastores y periodistas, entre otros.
La reunión no estaría completa sin los consabidos reclamos y rencillas añejas, los traumas y perdones pendientes, el exhibicionista perenne y urgido aún de protagonismo y, ¿por qué no?, alguna flecha lejana de un amor inconcluso. Luego vino el éxtasis, al cantar el himno del colegio, que estaba aún presente en nuestras mentes y corazones, cuyos latidos dieron paso entonces a una que otra lágrima fugitiva de ojos y almas de los presentes.
Ese momento de locura socioafectiva, del que fuimos una pieza más, permitió preguntarme por qué, si por breves lapsos de tiempo, hay personas, muy diferentes entre sí, tanto hoy como ayer, capaces de retomar juntos, con emprendimiento renovado sueños y metas de un grupo colegial; en el país, ese que ya no tenemos, que ha cambiado mucho, de una sociedad que ha migrado hacia otros valores y conceptos de convivencia y solidaridad; que ha ido dejando de lado la creación, la fe y amor, cual himno nuestro, por masificaciones mercantilistas, globalizadas e insensibles, no es capaz de defender esa base social y moral que marcó el ser costarricense que conocemos hoy.
Generación puente. Nuestros hijos ahora sueñan en bytes y su solidaridad depende de la capacidad para conectarse de manera inalámbrica, donde el beso y el abrazo dependen del ancho de banda al que tengan acceso. Todo ha cambiado notablemente. Ya ni nuestro colegio es cercano al que construimos y amamos. A estas alturas somos la generación puente entre los gestores de todo el andamiaje de la seguridad social y entre aquellos encargados de su desmantelamiento.
No se trata de aislarse del mundo ni de negarse a una integración inteligente con otras latitudes. Hablamos de trascender preservando: valores, entorno social, ambiente, etc. Se trata de lograrlo de manera consecuente con quienes nos antecedieron. Todos hemos sido diferentes en cada generación, pero siempre hemos conservado aspectos únicos que nos caracteriza la identidad propia. ¿Seremos capaces de lograrlo como país? ¿Podrá algún tratado o convenio conservar algo de este? No dejemos escapar la oportunidad de crecer y modernizarnos, pero debemos sopesar las implicaciones de renunciar incondicionalmente a nuestra identidad nacional y al entorno que nos ha permitido tener los niveles de educación, salud y ambiente que hoy preservamos y que nos ha marcado el desarrollo económico y social.
¡Salud, Castellas 77! Nos hemos demostrado que para el arte, la solidaridad y el afecto… 30 años no son nada.
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