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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
En Vela
La intervención del presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en defensa del expresidente José María Aznar, en la clausura de la Cumbre Iberoamericana en Chile, nos recuerda que había una vez una virtud llamada grandeza de alma o nobleza de espíritu. Su antítesis es la ruindad, la pequeñez de alma o, mejor, diría Alain, la ausencia de alma.
La grandeza de alma es lamegalo- psychia omagnanimitas de los griegos y romanos que, aunque desdeñada, debe nutrir la vida en democracia y la política, si es cierto, como lo es, que estas reposan, en última instancia, en la ética. La democracia no es vulgaridad ni pachuquismo. No es Hugo Chávez ni Daniel Ortega. Tampoco es el lenguaje, la actitud y las gesticulaciones de no pocos compatriotas afanados en el descrédito del país y en el fracaso del adversario, sin importar la suerte de todos.
Nuestra política no es campo abonado para grandes gestos, de respeto y pasión por la verdad. Nuestra política se ha degradado. Se identifica la negociación honrada con el servilismo y la violencia verbal con la gallardía o la independencia de criterio. ¿Qué importa difamar, obstruir y destruir, si gozo de inmunidad? ¿Reconocer los méritos ajenos? Jamás. ¿Salir en defensa del adversario, en aras de la verdad y de la dignidad? Sería sufrir el vituperio de partidarios, amigos y familiares. ¿Anunciar fraudes electorales o mediáticos, rupturas del orden constitucional, compra de votos y toda clase de infamias contra la patria? Es una forma de salir del anonimato y, quizás, un buen negocio.
Al final de un partido de futbol, los directores técnicos de valía se saludan. Durante el juego, ante un lesionado, el adversario se detiene y, con frecuencia, le tiende la mano. Así proceden los deportistas de pro. Se hace un esfuerzo en educar con el juego limpio. Nuestra política, en cambio, se ha extraviado. La consigna es esta: ¿Qué importa quedarme tuerto si el adversario se queda ciego? ¿Qué importa dañar al país, si logro vengarme del otro o entorpecer sus propuestas? ¿Qué importa mentir y difamar si puedo aplacar la comezón de la envidia o de la venganza? Un menú frecuente.
Nuestra historia política acumula gestos de nobleza de alma y de grandeza espiritual que ojalá aparezcan recogidos, algún día, en un texto educativo. Sin ellos no habríamos ganado grandes batallas. Desventuradamente, estos gestos han comenzado a decrecer. La mezquindad, la ruindad y la vulgaridad han colocado sus tiendas en diversos sectores del país. Y si alguno pone en duda lo dicho, lea las actas de la Asamblea Legislativa por donde desfilan ciertos íconos de la vulgaridad y el golpe bajo.
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