Costa Rica, Martes 13 de noviembre de 2007

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Gerardo Blanco Segura | gerblanco2006@yahoo.com.mx

De ateos y fervientes creyentes

 Es mejor alzar la mirada y reconocer las maravillas que hayen el cosmos

Artista pintor

He seguido con interés la polémica acerca la existencia de Dios. Esa discusión posiblemente se ha venido llevando a cabo tanto públicamente como en el interior de las persona –antes, cuando negar Su existencia se pagaba con la vida–.

Todos esos argumentos y afirmaciones lo ponen a uno a reflexionar si en realidad no será mejor aclarar de cuál dios se está discutiendo la existencia.

Nosotros, hijos de Occidente, heredamos un Dios muy particular. Fue descubierto por los antiguos habitantes de la Mesopotamia y Persia, y exportado a donde saldría el pueblo judío, entre el que hubo quienes se dedicaron a escribir su hoja de vida y sus obras.

Torpe y alocado. Este Dios, según se describen sus obras, parece un poco torpe y alocado. Omnipotente, omnisciente y omnipresente, creó el cosmos en toda su magnificencia; después hizo a los ángeles. El que quedó más bonito e inteligente se le reveló, aunque ya sabía que lo haría antes de fabricarlo y, desde entonces, le ha hecho la vida imposible. Después, diligentemente, hizo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, y también les salieron defectos: les hizo prohibiciones sabiendo que el diablo, como se llamó a aquel rebelde, los convencería para que las incumplieran. Entonces los echó de un lugar hermosísimo que les regaló para vivir, y un hijo y todos los descendientes se volvieron terribles pecadores. Decidió inundarlos a todos y cometió el error de dejar vivir a unos pocos. Se multiplicaron, y otra vez se entregaron a toda clase de parrandas.

Entonces elegió a un señor de la tercera edad, no para aconsejarle bailar y hacer aeróbicos, sino para probarlo y le dio un hijo cuando, por asuntos de gravedad, el creía no poder hacer chiquitos. Cuando el chiquillo creció y el pobre hombre ya estaba encariñado, le ordenó matarlo. El viejito lloró y pataleó pero, como los viejos siempre terminan cediendo, se fue a matar al vastaguito; al último momento Él mandó a un asistente para evitar que lo hiciera. Por obediente lo premió para que fundara un pueblo que Él quería escoger a espaldas de los otros del planeta y, entre premios y castigos a ese pueblo, lo carboneó para que hicieran toda clase de matazones.

El Hijo del Padre. El pueblo siguió portándose mal y envió a un Hijo que nadie sabía que tenía. Ese Hijo predicó, dando los mejores consejos a sus hermanitos e hizo cosas maravillosas. En autosacrificio ofrecido a su Papá (así Él pudo sentir lo que sufrió aquel pobre viejito), el Hijo dejó que los hombres lo torturaran y asesinaran, como si fuera el peor delincuente, y el Papá lo regresó al cielo.

Unos pocos fundaron una nueva religión en que las figuras principales eran el Papá y el Hijo. La religión, con soberbia, colgó un extraño apéndice a la filosofía que llamó teología, y apareció otra parte de Dios que se llamaba el Espíritu Santo. Con teólogos envalentonados, esa religión derrotó a un imperio y, con fuego, tortura y cuchillo, predominaron y adquirieron poder hasta nuestros días.

Otros dioses en Grecia y en Roma eran muy simpáticos: berrinchudos, malcriados, esposos infieles, borrachos, enamorados como nadie y modelaron para que se hicieran exquisitas obras maestras que se son un importantísimo legado artístico para todos nosotros.

Han existido otros dioses con cara de chacal, de gato, de serpiente, de la tierra, del agua, del aire, (estos muy maltratados en nuestros días), y muchísimos más que sería imposible contar.

Cambio y perfección. En Oriente, un señor muy sabio fundó una religión evolucionista y enseñó que no era tan importante hablar de Dios. Sus prédicas básicamente fueron las de convencer a la gente que deberían cambiar interiormente y perfeccionarse hasta alcanzar una felicidad eterna y para que ello fuera posible debían desprenderse de todo los vanos deseos y majaderías. En estos tiempos eso es prácticamente imposible.

¿Para qué tanta discusión? Antes de enredarse por probar con las matemáticas, la física, la química, métodos científicos y leyes naturales que Dios no existe, o bien hurgar textos con los inventos y deducciones de teólogos o afirmar una fe monda y lironda para afirmar su existencia, es mejor alzar la mirada y reconocer las maravillas que hay en el cosmos, y tal vez logremos introducirnos dentro, muy adentro de nuestro ser y, por un alucinante milagro, nos maravillemos de encontrar en algún rincón escondidito a un Dios manso y humilde, cuya esencia es el amor dispuesto a compartir su reino con nosotros. Teresa de Ávila y otros místicos tal vez lo lograron. El Cristo todo sabiduría les dijo a sus discípulos que el Reino de Dios estaba dentro de cada uno. Quizás no se equivocó.

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