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Andrés Rodríguez Pérez | andresrodriguez@costarricense.cr |
Largo plazo y competitividad
Se añora el pasado y se evade lo que la realidad actual exige
Farmacéutico
Parte importante de la infraestructura física, social, política y educacional de nuestro país resulta de reformas realizadas en los años posteriores a la revolución de 1948. Tristemente, desde entonces las decisiones concernientes a la mejora continua de dichas obras se han postergado convirtiendo nuestra “Suiza Centroamericana” en un país estancado en el añoro de algunas buenas decisiones del pasado, pero evadiendo las que la realidad actual exige.
Aquí entra el tema de competitividad que va de la mano del largo plazo para que las decisiones que se tomen aporten valor tanto en el presente como en el futuro.
La estrategia de un país debe ser congruente en cada uno de los eslabones que forman su estructura social, económica y política por lo que eludir algunas decisiones, impopulares en el corto plazo, pero de gran valor a largo plazo, como la reforma al sistema de pensiones, la concesión de puertos a manos privadas, la eliminación de subsidios, entre otros, son de vital importancia para sobrevivir en un mundo, donde la competencia no perdona y quien toma las decisiones correctas hoy asegura una mejor calidad de vida a su población. Claro está, son decisiones de largo plazo para que la propuesta de valor que un país ofrece a sus inversionistas y habitantes sea congruente a través del tiempo.
Señales confusas. Una propuesta de cuatro años o, peor aún, decisiones que no se toman, dan una señal que confunde a los mercados y termina por mover los recursos a países comprometidos con el bienestar a largo plazo.
Sin duda, Costa Rica arriesga en estos momentos a uno de sus principales inversionistas: el turismo, que encuentra un abismo diferencial en la propuesta de valor que se proyecta en el extranjero y lo que realmente viene a encontrar cuando, por ejemplo, recién aterriza en nuestro aeropuerto, que no pocos comparan ya con la catedral de la Sagrada Familia, Barcelona: ¡lleva años en construcción!
Bien harían nuestros gobernantes en tomar decisiones que van más allá de los cuatro años de gobierno y olvidar el eventual “costo político” que algunos nombran como excusa para dejar de hacer lo que el sentido común dicta. ¿Cuál costo político puede existir en medio de este caos? El costo ya ciertamente se pagó con la perdida de credibilidad en los partidos políticos que las estadísticas muestran. Pareciese que costo verdadero es dejar la retórica y ponerse a trabajar. ¡Qué triste!
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