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Julio Rodríguez | envela@nacion.com |
En Vela
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, exhibió, en la clausura de la Cumbre Iberoamericana en Chile, el sábado pasado, una de las dimensiones típicas de su personalidad: su inagotable capacidad de irrespeto. ¿Cómo podía perder esta oportunidad de oro para exhibir su maestría? Coreado por su perrillo faldero, Daniel Ortega, el blanco, esta vez, fue España.
Como adicto al insulto personal, no podía contenerse. No ha pasado una semana, a la sombra del poder, en que no agravie a los suyos, a los venezolanos, o a los de fuera, desde el Papa y los dirigentes políticos del mundo hasta los más humildes opositores en su país. Sus palabras son brutales; su estilo, soez. Lo saben bien sus colaboradores, cercanos o distantes, no importa el rango o el sexo. Su escalada de violencia verbal es una mina para psicólogos y estudiosos de la política.
¿Por qué? Una buena respuesta se encuentra en la presentación del libro Hugo Chávez sin uniforme , de Alberto Barrera y Cristina Marcano, con prólogo acabado de Moisés Naím. La cita de Thomas Hobbes en las primeras páginas diagnostica al personaje: “Como tendencia general de todos los hombres, destaco un perpetuo e impaciente deseo de poder y de más poder, que solamente cesa con la muerte. Y esto no se debe al mayor placer que se espera, sino al hecho de que el poder no puede garantizarse si no es buscando más poder”.
En la cita de Hobbes falta, sin embargo, la causa final o el ansia absoluta de poder: ser como Dios o ser dios, todopoderoso y objeto de adoración, búsqueda demoníaca de identificación entre el pensar y el hacer. En este marco la oposición o la razón crítica es impensable. Y si son los hechos el valladar, buscará la forma de negarlos para satisfacer sus cometidos. La grandeza de la democracia y del sistema republicano radica precisamente aquí, al establecer fechas precisas de relevo y al limitar y contrabalancear el poder. ¡Maravillosa invención que le recuerda al ser humano que sus límites están marcados por la dignidad de la persona humana y por la ley!
Odio, soberbia, corrupción, cinismo, miedo, violencia, terror, muerte… Este es, por su lógica propia, el ámbito infernal en que se debate el tipo de hombre descrito por Hobbes. La historia abunda en esta clase de personajes. En el caso de Chávez, concentrado en sus manos todo el poder (político y financiero), la reforma constitucional tiende a perpetuarlo. Dominio del espacio venezolano y del tiempo. ¿Qué más? Esta terrible espiral hobbesiana, que ha traspasado todos los límites razonables, solo anuncia lo peor. La agresión contra España fue un doloroso episodio más.
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