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Rodolfo Cerdas |
Ojo crítico
politólogo
Siento que se ha exagerado, bordeando el ridículo, el significado de los últimos incidentes en la Asamblea. Una cosa es el irrespeto y la molestia y otro, muy distinto, el peligro y la amenaza reales que signifiquen.
Es al PLN al que ahora le ha tocado denunciar una amenaza de bomba que, en otros momentos, ha sido su orgullo como práctica histórica pasada, como la que se puso contra La Tribuna , las dos contra don Manuel Mora y las pedreas contra las casas de sus adversarios, con familias dentro. También por ahí anduvo gente del PUSC, hoy rabito cortito del PLN, cuando alguno de sus miembros se autoestalló un lujoso carro, allí por la Catedral.
Amenazar con que “hay una bomba” es un viejo cuento. Que grupillos adversos protesten frente a las casas y lancen semillas de maíz y arroz, no solo se ha hecho contra diputados, sino –entonces con semillas de mango– contra jueces y alcaldes, por juicios sobre bienes públicos como el agua en Heredia o la electricidad en Cartago. El sistema abierto de nuestra democracia evitó que las cosas pasaran a más pues, como dijo Jefferson, la libertad desactiva al peor de los violentos.
Cuando se anularon las elecciones de 1948 y las barras del Congreso ardían, no había vidrios de seguridad. Cuando en 1955 las hordas progobiernistas esperaban a don Mario Echandi para agredirlo y asesi- narlo, él siguió su sencilla vida con el respaldo del pueblo, y la Asamblea continuó abierta al público.
Pero hoy no. Ahora, por el TLC, se quiere transformar la Asamblea en claustro de cartujos, tapada y escindida del pueblo; oculta a la mirada ciudadana, cuidando la delicada epidermis de políticos que quieren del poder todo, menos afrontar la desagradable política real, que es la intolerancia y la malacrianza de la masa. No les sirve aquí el paquidérmico grosor de piel que sí tienen para soportar el deterioro moral y político de nuestra democracia, con partidos como la Esfinge, que además de haber durado demasiado, no oyen, no ven, no sienten y, sin nariz, no olfatean el hedor que emana de sus propios cadáveres políticos.
Claro que hay que frenar las agresiones a los hogares, retirar los carteles ofensivos y garantizar la seguridad de los diputados y sus familias. Pero jamás convertir el Parlamento en catacumba. El problema es otro. Es que los peores cuervos están en los partidos; del pensamiento socialdemócrata y socialcristiano que declaran, solo queda lo de “miento”; en realidad, son cristianos por fuera y socialdemócratas por cuento, con las semillas de Alcatel, de Finlandia y del PLUSC por dentro. Y eso, señores, no hay vidrio oscuro que lo tape.
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