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PÁGINA QUINCE Luis Lara |
Sinfonía del humanismo
Un proceso maduro de originalidad que promete futuras conquistas transcendentes
Filósofo
Se estrenó en el Teatro Nacional –el 30 de agosto de este año– una sinfonía del laureado compositor costarricense Marvin Camacho, como alabanza solemne a la Escuela de Estudios Generales en su cincuentenario.
La obra me ha impresionado por varios factores y razones. He observado una clara estructura en varias etapas de su dinamismo melódico. La primera es una fase de exordio –introductoria– que denota la sólida formación del compositor, que ha fundido en su espontaneidad múltiples influencias de la música del siglo XX. No se concebiría esta obra sin los precedentes de Stravinsky, Schömberg, Bela Bartok, Prokofiev, Chostakovich, etc. Desde luego, la gran originalidad es siempre una síntesis de múltiples influencias y experiencias, sin las cuales el poder creador hubiese quedado bloqueado antes de nacer. Lo mismo ocurre con los grandes estilos en la literatura. No se puede ser escritor, ni grande ni pequeño, sin un almacén de lecturas en la subconsciencia.
He notado en esa primera fase un eclecticismo de elementos técnicos y melódicos, que sostienen un formalismo ambiental y descriptivo. La segunda fase es de un dramatismo lírico, melancólico (quizás nostálgico), casi marcha fúnebre, por su emotividad y solemnidad. En la tercera etapa (no movimientos) se da una curiosa reacción melódica de gran fuerza emotiva, talante creativo de superación de vericuetos y óbices vitales. Es evidente el contraste con la baja tonalidad anímica de la fase inmediata anterior. Observo una cuarta etapa de solemnidad dramática, como remate y exaltación del mismo proceso melódico a través del coro. La voz humana, grave y profunda, se hacía necesaria como corolario sinfónico, igual que en la Novena Sinfonía se hizo imprescindible para Beethoven la introducción de la vocalización colectiva como mensaje de toda la humanidad. La voz de la soprano se siente vibrátil y estridente en los tonos supremos, quizás por la inspiración temperamental de la vocalista o bien por alguna dificultad técnica que suelen presentar las partituras novedosas de todos los tiempos.
Travesía de aventuras. También se perciben ligeras y fugaces arias que recuerdan la ambientación sideral, cósmica de algunas reproducciones cinematográficas. Son rápidas pinceladas que por analogía nos evocan a Wagner y a los impresionistas pictóricos, con los que aún hoy se debe contar. En esas breves arias de elementos mixtos percibimos dos o más procesos simultáneos e incongruentes. Dejan la impresión de una travesía de aventuras, de situaciones y experiencias siempre externas a la emotividad y vulnerabilidad humanas.
La emotividad dramática aparece en la segunda etapa y se mantiene hasta el final, dentro de ella hay un aria breve, de carácter lúdico, casi danzarina y un retorno a la melodía básica de profunda emotividad. Esa aria lúdica retorna instantáneamente y aparece el coro como corolario de un brote de emotividad contenida, severa, de índole clásica en mesura y adustez.
Debemos sentirnos orgullosos de tener entre nosotros un compositor de la talla de don Marvin Camacho. Las influencias modernas son múltiples, pero quedan subsumidas en un proceso maduro de originalidad que promete futuras conquistas transcendentes en el orden misterioso de la armonía de las esferas, la melodía sideral –soñada por Pitágoras– de la eterna lucha del hombre consigo mismo frente a la naturaleza. Creo que esto caracteriza el diálogo esencial de la realidad y el espíritu de todo clasicismo.
Ese clasicismo de la obra de Camacho –al lado de las reminiscencias del ultrarrealismo de la primera parte del siglo XX, ya lejanas– coincide con mi morfología cíclica de la Historia, por la cual contemplo la actualidad como una fase de clasicismo del espíritu histórico. En las arias líricas el tiempo se desliza sinuoso, raudo, precipitado, rasgando la pulpa suave de la vida; torrencial y tórrida, voraz carcoma de la carne, desgarra las epidermis, las membranas y las médulas de un ser trémulo en devaneo entre ser y no ser, por la fuerza del sino.
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