Costa Rica, Viernes 9 de noviembre de 2007

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Mauricio Víquez Lizano

¿Insolencia ilustrada o sedición?

 Hay instigadores incapaces de digerir derrotas y decisiones del soberano

Presbítero

Michel Meyer, en su conocida obra La insolencia , la define como la “capacidad de interrogación del hombre en ejercicio de su libertad”. Más adelante, en esa misma obra dirá que lo mejor de la insolencia es “su lucidez insumisa”.

Pues bien, probablemente eso de lo que nos habla Meyer sea una práctica que, en las democracias, ha resultado útil y hasta efectivamente abridora de caminos hacia la posibilidad de alcanzar nuevos horizontes, sobre todo si esa lucidez insumisa ha sido enarbolada por intelectuales serios, ecuánimes y comprometidos en la promoción de la patria, la justicia y el pan.

John Rawls, en algún momento de su obra Teoría de la justicia , expresa su duda de que todo ciudadano esté en condiciones de manejarse respetando los principios democráticos esenciales. Lo cual, en la perspectiva de este autor, le incapacitaría para ser ciudadano consecuente, lúcido y, por tanto, capaz de lanzar con acierto y sentido de construcción esos interrogantes que Meyer podría catalogar como “insolentes”.

Bochorno. Estas ideas y el recuerdo de estos autores se han dado en mí a propósito de los hechos bochornosos que se vienen sucediendo, un día sí y otro también, en las barras mismas de la Asamblea Legislativa, animados e inspirados por los líderes de lo que queda del movimiento del NO y de otros instigadores incapaces de digerir derrotas y decisiones del soberano.

A pesar mío y gracias a los medios de comunicación, a lo largo ya de demasiados días, he podido contemplar –junto con todo el país– hasta qué punto la insolencia ilustrada puede ser transformada y, de paso, deformada hasta no ser más que pachuquismo de la peor calaña. Y, además, contemplar con cierto asombro la triste metamorfosis que puede sufrir la lucidez ciudadana al transformarse en miopía, oposición destructiva e incluso, caer en verdaderas incoherencias supinas.

Ha llegado el momento de que el orden y la tranquilidad retornen al Congreso para que pueda trabajar como debe y, además, ya es tiempo que su directorio tome las medidas necesarias para evitar que “a fuer de consentir, haya luego que sufrir”. Hay cosas aceptables, es más, tolerables, pero otras no. Nada justifica, por ejemplo que, a unos centímetros del plenario, los diputados tengan que soportar insultos gratuitos, cargos sin sustento y, menos aún, escuchar o leer la insistencia enfermiza con que la autoproclamada “milicia salvadora de la patria” desacredita, mancilla y enloda la vida y la obra de todo aquel que, sea persona física o realidad institucional, no ha sido parte de su variopinto movimiento “patriótico”.

Disyuntiva. Mientras el ejercicio ciudadano de la libertad no esté adornado del manejo de ciertos principios democráticos básicos, el camino es uno entre dos: primero, que el que se expresa se contextualice hasta aprender a ubicarse en un contexto determinado democráticamente; o bien, que a la hora de ejercer el derecho a decir y opinar, tratándose aquí de alguien que considere que la sedición es la vía ideal, habrá de atenerse a las consecuencias posibles que nuestro ordenamiento jurídico tiene dispuestos para procederes nocivos para nuestra centenaria institucionalidad democrática. ¡Hay que escoger!

Las correcciones han de darse. La presente realidad no se puede prolongar sin más. Confiamos en el prudente proceder de las autoridades legítimamente constituidas y, además, exhortamos a quienes se han convertido en verdaderas amenazas para la estabilidad nacional a proceder, en lo sucesivo, más en clave de sentido común y menos en la actitud poco patriótica e irrespetuosa que muestran de modo constante y que les ha llevado a tomar poses que, me atrevería a decirlo, casi colindan con las altas traiciones de que habla la historia.

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