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Ana Isabel García Quesada |
Oportunidad histórica
Viceministra de Vivienda, encargada de Desarrollo Social
La información sobre el brusco descenso de la pobreza en el último año constituye una excelente noticia para todos los costarricenses, en varios sentidos. El primero y principal, porque significa que 36.000 familias habrán abandonado esa condición que les separa del mínimo bienestar. En segundo lugar, porque se trata de un descenso considerable, un 3,5%, sobre todo si tenemos en cuenta que durante más de 10 años teníamos una pobreza pertinaz que no habíamos podido reducir. De hecho, se trata de la reducción más importante de los últimos 30 años. En tercer lugar, porque significa que, por fortuna, el trabajo con buena fe y preocupación ética tiene rendimientos.
Desde luego, la alegría que nos motiva estas cifras no puede hacernos abandonar la necesaria prudencia. Ante todo, porque todavía no sabemos si estamos ante una situación de movilidad social estructural, que permitiría a quienes superaron la línea de pobreza seguir mejorando en el futuro, o bien ante una prueba de sensibilidad de los sectores inmediatamente por debajo de esa línea a la mejora coyuntural de los factores que la impactan. La forma de saberlo será sencilla: comprobar si el próximo año no vuelve a incrementarse la pobreza. Si el año que viene la pobreza vuelve a disminuir o, por lo menos, no aumenta, significará que estamos logrando en buena medida esa movilidad social ascendente que impide que vuelvan a ser pobres los que este año han dejado de serlo.
Garantía de sostenibilidad. En relación con lo anterior, otra razón que aconseja prudencia nos la da el hecho de que la desigualdad social (medida a través del índice de Gini), si bien también ha bajado su ritmo de crecimiento, todavía no ha dejado de crecer. Y ya sabemos que el crecimiento de la desigualdad hace más difícil la reducción de la pobreza. Detener ese crecimiento de la desigualdad será una buena garantía de que la disminución de la pobreza se hace definitivamente sostenible.
Así, paradójicamente, los mismos datos que nos producen alegría, representan un enorme reto para el Gobierno y su equipo; especialmente, desde luego, para quienes tenemos alguna responsabilidad en este campo. Nuestro desafío ahora consiste en hacer sostenible una sólida corriente de movilidad social ascendente. Y para ello, tenemos una tarea pendiente: lograr una articulación de los actuales programas sociales selectivos, que aumente su eficacia sistémica, incluida alguna autoridad social que los ordene y coordine.
Factores que se complementan. Al respecto, hay que aclarar algo inmediatamente: el propio Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) señala que esta fuerte reducción de la pobreza responde a dos principales factores: el mejor comportamiento de la economía y el empleo y las políticas específicas de lucha contra la pobreza. Es decir, este último factor hubiera sido insuficiente sin el primero. La mejora de la economía es condición necesaria y fundamental para el descenso de la pobreza; sin ella, nuestras acciones contra la pobreza nadarían contra la corriente. Por supuesto, también estamos convencidos de que puede haber mejoría macroeconómica sin disminución de la pobreza y ello es lo que hace necesario nuestro esfuerzo en políticas públicas.
Comentando la posición de la Conferencia Episcopal, un columnista de este periódico se preguntaba cuáles son los valores morales de un voto favorable al SÍ en el pasado referendo. Preguntarse eso a estas alturas invita a regalarle un mapa y una brújula. Ya insistí frente al referendo que lo ético era saber si podíamos usar el TLC, evitando, entre todos, sus desventajas y maximizando sus ventajas. Tras la aprobación popular, creo que esa es ya la única posición ética posible. Hoy, lo contrario a la ética sería seguir desconociendo los resultados del referendo o bien tratar de utilizar el TLC únicamente a favor de los más poderosos. Hacer uso del libre comercio (con EE. UU., UE, China, etc.) para mejorar la economía y el empleo, al tiempo que hacer sostenibles nuestras políticas sociales y de lucha contra la pobreza, no solo es ahora la posición de mayor contenido ético, sino nuestra oportunidad histórica como país de abandonar definitivamente el subdesarrollo.
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