Costa Rica, Lunes 5 de noviembre de 2007

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Julio Rodríguez | envela@nacion.com

En Vela

Un premio Nobel dijo una vez, apremiado por los honores, que había resuelto construir un muro entre la fama y él. Mejor hombre que literato. Lo recordé cuando, el 31 de octubre pasado, se descubrió el retrato de don Jorge Manuel Dengo en la Asamblea Legislativa como benemérito de la patria. A don Jorge, inseparable de la sencillez y del equilibrio, jamás se le hubiera pasado por la mente levantar un muro para contener los zarpazos y tentaciones de la gloria. Un hombre justo.

Y ahí estuvo, rodeado de los suyos y honrado por la patria, agradecido, reflexivo, cargado de méritos, hijos de sus potentes obras, pero indiferente al espectáculo o a los aplausos. Lo he tratado poco, pero lo he pensado mucho. Habituado, desde niño, a leer biografías de los mejores y de los peores de la especie humana –una escuela sin par– me esfuerzo en distinguir, leyendo en el concierto de las palabras y de los hechos, entre la moneda falsa y el oro macizo, entre el embustero y el genuino, entre el precio y el valor, entre el oropel y el manto sagrado, entre la vida interior y la fama.

La de don Jorge ha sido una vida lograda. Aprendió a vivir y nos enseñó, en cada uno de sus actos, a vivir. Rechazó a los tres candidatos, como diría Alejandro Llano, que se presentan con pretensiones de colmar la vida con plenitud verdadera: el dinero, necesario pero avasallador, si no se contiene con el buen uso, con la austeridad y la solidaridad; el placer, padre del espectáculo hedonista que anestesia, y el poder, seductor, si con límites, productivo, y, carente de ellos, demoníaco. A estas tres sirenas don Jorge antepuso “la ética de virtudes y bienes auténticamente relevantes”. Por la vivencia de este código don Jorge ha sido un hombre sin fisuras, sin dos libros de contabilidad. Como lo expresó el editorial de La Nación del viernes pasado, un educador, aquel que enseña con las palabras y la conducta. Un centro de irradiación nacional.

Ha sido don Jorge Manuel Dengo un hombre bueno en su clásico sentido: no por la realización de actos aislados, a veces, llamativos o calculados, sino por el hábito –como enseña Aristóteles– de obrar siempre conforme al cuarteto de las virtudes cardinales, forjadoras de la personalidad: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, tan desdeñadas hoy política y pedagógicamente. Su benemeritazgo ha sido un aldabonazo en la conciencia.

El país clama, en la perplejidad actual, por estas vidas ejemplares que nos encaminen para procurar la transformación de Costa Rica, como lo hizo don Jorge, con su fuerza interior, con su frugalidad y su inexpugnable sencillez, con su pasión por el conocimiento y con su visión del futuro.

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