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Polígono Fernando Durán Ayanegui | ferduraya@racsa.co.cr |
Desquite
Académico
Sin llegar a tanto como el policía andaluz que al ver “en vivo” la caída de lasTorres Gemelas le atribuyó aquella polvareda a un embeleco hollywoodense, nos preguntamos si no ha llegado la hora de consagrar el derecho a la seguridad mediática, un instrumento legal que venga a protegernos contra el empleo abusivo de los “efectos especiales” en la televisión. ¿Qué tal si un día de estos, mediante el empleo de hologramas, se nos ofrece como noticia un match de boxeo entre Hugo Chávez y Vladimir Putin? Parecerá exagerado, pero bien se podría esperar a juzgar por la ocasión en que un editor y el autor de esta columna participamos en un “tokchou” televisivo que se dedicaría al tema de la publicación de libros. El programa sería pregrabado y habrían de interrogarnos dos animadores más o menos conocidos, pero a la hora de llegada solo se presentó uno de ellos y así fue como nos dimos a la tarea de responder a las preguntas anodinas de un solitario y poco informado anfitrión. De toda forma, tanto él como sus invitados estábamos convencidos de que a la hora de la transmisión hablaríamos casi solo para nosotros, pues a muy pocas personas les interesan los entretelones de la fabricación de libros, un tema tan narcotizante como el de las precauciones que deben observar los lapones suecos antes de iniciar el ordeño de una hembra de alce albino afectada por la nube radioactiva de Chernobyl.
Para nuestra sorpresa, el programa salió al aire como una grabación trucada en la que el entrevistador ausente no solo participaba sino que además se lucía con una serie de refutaciones de lo que habíamos dicho los entrevistados, desde luego en condiciones en las que ya no eran posibles réplicas ni aclaraciones. De modo que quedamos, ante los improbables televidentes, no como tontos indefensos sino como idiotas lapidados por el despliegue argumental del fantasma mediático a quien la ética profesional le resbalaba como vaselina rioplatense sobre un bisoñé de polietileno.
Mi amigo el editor me convocó luego para que discutiéramos si protestábamos, pero logré calmarlo haciéndole ver que, si bien los manejadores del programa se merecían un dolor de muelas por su falta de ética, sumando el poder de convocatoria de los cuatro involucrados el número de televidentes que habrían presenciado nuestro ridículo jamás podía ser superior a veinte. Además, tras argumentar que desmentir es siempre una manera de repetir la mentira, le propuse que nuestra venganza se limitara a ponerles apodos a ellos. Lo juro, el éxito de este empeño sí fue formidable.
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