Costa Rica, Viernes 2 de noviembre de 2007

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EDITORIAL

Don Jorge Manuel Dengo

 Sin él Costa Rica no sería lo que es y tampoco lo que aspira, con ilusión, a ser

 Guía y modelo para todos por sus obras y su testimonio preclaro de coherencia, plenitud y grandeza espiritual

El retrato de don Jorge Manuel Dengo Obregón figura, desde el 31 de octubre pasado, en la galería de los beneméritos de la patria en la Asamblea Legislativa, el más alto honor que nuestro pueblo otorga a sus hijos. Desde ahí, don Jorge honra a sus antecesores y nos ennoblece a todos. De pocos como él se puede decir que ningún costarricense, al contemplarlo y estudiar el curso de su vida, sentirá desajuste alguno entre su pensamiento y su vida, entre sus palabras y sus obras. Su grandeza humana excede el honor recibido.

Bien lo dijo el presidente de la República, Óscar Arias, en su discurso, el 24 de enero pasado, al presentar el “Plan Nacional de Desarrollo Jorge Manuel Dengo Obregón”: “Don Jorge es uno de los más grandes arquitectos que el edificio costarricense haya albergado en el último siglo. Don Jorge Manuel representa una estirpe de hombres excepcionales, cuya inteligencia, audacia y visión son capaces de inspirar a generaciones enteras a ver más allá del horizonte”. Así lo expresamos también en nuestro editorial del 23 de setiembre pasado, intitulado “El SÍ del benemérito”, al exaltar su claridad de criterio y la visión de futuro para poder ajustar las políticas de desarrollo nacional a los cambios que se producen en la región o en el mundo”, todo enmarcado en un profundo respeto a los demás y en un sentido acendrado del planeamiento y el trabajo en equipo.

Así explica don Jorge sus raíces: “Soy hijo de Omar Dengo, el educador, y María Teresa Obregón de Dengo, quien fue una de las primeras tres mujeres en ocupar una diputación. Nací y crecí en Heredia. También me casé y continúo casado con la misma herediana, Maruja, y aún más enamorado. Es una bella historia de amor”. La suya, en efecto, es toda una bella historia de amor a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos, a Costa Rica, desde el hogar, la Escuela Normal y el Liceo de Costa Rica y, de ahí en adelante, en un despliegue maravilloso de estudio, de ética, de logros profesionales y de servicio público, sin parangón, sin los cuales Costa Rica no sería lo que es y lo que aspira a ser.

Ahí están para la historia y para admiración y ejemplo de esta y las futuras generaciones la planta eléctrica en Carrillos de Poás, simiente del Instituto Costarricense de Electricidad, que lo inmortaliza; la gerencia de Fertilizantes de Centroamérica (Fertica), la Oficina de Planificación Nacional, la vicepresidencia del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), la primera vicepresidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), las consultorías en ingeniería y en proyectos de desarrollo económico; la creación de la Oficina de Defensa Civil, para enfrentar, bajo su mando, las embestidas del volcán Irazú, antecedente de la Comisión Nacional de Emergencias, cuya experiencia vertió en los países centroamericanos en tragedias parecidas.

En esta gran marcha por Costa Rica figuran su primera vicepresidencia de la República, en la primera administración Arias Sánchez (1986-90); su liderazgo compartido para el establecimiento de la Escuela de Agricultura de la Región del Trópico Húmedo (EARTH), modelo en su género en el mundo, y para la formulación de la Estrategia Siglo XXI en Ciencia y Tecnología. Galardonado por las universidades públicas y por el Outstanding Projects and Leaders de la Asociación de Ingenieros Civiles de Estados Unidos, la Universidad de Minnesota le concedió el título honorífico de Doctor en Leyes con Especialidad en Ingeniería, uno de los más preciados en las universidades norteamericanas. En fin, un elevado magisterio intelectual y moral en la empresa privada, en las instituciones internacionales y en el servicio público, lo que explica su visión de conjunto, su sentido práctico y su liderazgo firme, eficaz y tolerante.

Por estas y muchas razones más, don Jorge Manuel Dengo se convierte en uno de los más grandes educadores de Costa Rica. Ha educado a nuestro pueblo, como pocos, con un testimonio preclaro de coherencia, plenitud, realismo y grandeza espiritual. Todo ha sido para él, por abolengo y por convicción, un aula abierta e inspiradora. A ella acudirán, agradecidas, esta y las generaciones futuras.

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