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Capitalismo sin democracia

India, con respeto a las personas y a la democracia, alcanza ya al desarrollo chino

Alberto Recarte
Economista español
©FIRMAS PRESS

¿Cómo es el régimen chino? Una dictadura despiadada, donde fusilan, no se sabe bien por qué crímenes, entre 5.000 y 20.000 personas por año, a las que, en muchos casos, previamente se las despoja de sus órganos para venderlos en mercados negros internacionales. Además, más de 5.000 mineros mueren en accidentes rara vez publicados, se practican abortos forzados, reina la corrupción, se explota y maltrata a los obreros y campesinos –la mayoría hambrientos– , y se expropia –sin indemnización– a quienes habitan o laboran en tierras de propiedad indeterminada, pero pública, para levantar proyectos inmobiliarios cuyos dueños son miembros del partido comunista, familiares, amigos o cómplices con los que se reparten las ganancias.

Esa China es analizada crudamente por Guy Sorman enEl año del gallo .Chinos y rebeldes , libro publicado por Editorial Gota a Gota. El autor pasó un año, el 2005, recorriendo el país y hablando con militantes del partido comunista y académicos del régimen, disidentes, líderes políticos perseguidos y hasta feministas.

Pago por la “transición”. La obra es un mosaico de pequeñas y grandes tragedias que deberían acompañar a cada viajero. ¿Cómo no agradecer un 9% de crecimiento anual acumulativo desde hace 20 años, que nos permite a todos, americanos o europeos, vivir un poco mejor de lo que lo haríamos si China se desarrollara de otra forma? Guy Sorman disecciona este fenómeno –del cual duda– y lo intenta analizar con gobernantes y académicos del régimen que, de cierta forma, reconocen la tragedia humana que afecta a la población, pero afirman que ese es el precio que hay que pagar por “la transición”, el que también pagaron –dicen– los niños obreros de la revolución industrial británica.

Guy Sorman no pretende desmontar con datos la tesis del sufrimiento necesario para transformarse en un país moderno. Aunque compara el desarrollo indio con el chino, su principal objetivo es inundarnos con los ejemplos de corrupción, abusos y asesinatos del partido comunista. No hay esperanza. La economía tiene los pies de barro y la independencia que da el bienestar, cuando intente convertirse en cambio político democratizador, terminará en un baño de sangre.

De la obra está ausente la otra China. La de los 200 ó 400 millones de personas con niveles medio y alto de renta, cuyas vidas mejoraron sustancialmente con las cuatro modernizaciones que impuso Deng Siao Ping. Es evidente que los dueños de las compañías, los millonarios, las grandes familias del régimen son los beneficiados. Pero el resto también ha ganado.

Nada de mejoría por ósmosis. Para Guy Sorman no hace falta analizar la China de los 4.000 rascacielos en Shanghai, cuando la mayoría de los intelectuales y economistas del mundo ya lo hacen. Pero deja varias advertencias: la primera, el crecimiento no arreglará los problemas de la miseria y el sufrimiento innecesario de 800 millones de chinos. No habrá mejoría por ósmosis, como en los países que no padecen un régimen tan corrupto y despiadado como el comunista-nazi-fascista chino, porque todos los beneficios se los apropian los miembros del partido y sus familias. La segunda, el crecimiento puede desaparecer si estalla la burbuja inmobiliaria, quiebra algún banco y los chinos comienzan a desconfiar de su sistema financiero. La tercera, el esquema de crecimiento es insostenible porque las contradicciones entre la necesaria extensión de los derechos de propiedad privada y la necesidad de contar con unas leyes que la respeten y una justicia independiente y el poder totalitario de los miembros del partido, sus familias o asociados (nacionales y extranjeros) nunca desembocará en un proceso democrático. Si hubiera democracia, los 60 millones de miembros del partido comunista tendrían que pagar por sus crímenes. Habría una auténtica revolución.

Guy Sorman no predice el futuro de China, pero lo ve más incierto que el de India que, sobre la base del respeto a las personas y a la democracia, alcanza ya tasas de desarrollo económico similares a las chinas, para desconcierto de la burocracia comunista.

El año del galloes un libro que convendría leer a los millones de personas que anualmente visitan China. Completa los informes turísticos, y los de las agencias internacionales, ya sea el FMI, el Banco Mundial o los de las miríadas de fundaciones progresistas que contemplan extasiadas el desarrollo del capitalismo sin democracia.

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