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Otro furgón Ya son muchos los conductores y propietarios de furgones que han acumulado una cuenta humana demasiado elevada en nuestras carreterasEl espectáculo de la irresponsabilidad vial –y de la impunidad- no admite tregua en las vías públicas No es este un caso aislado. Se trata de un episodio más en una larga, mortal y dolorosa lista de accidentes de tránsito documentados en los registros públicos, en los cementerios, en la viudez, en la orfandad y, en consecuencia, en la pobreza de numerosas familias. En este vía crucis nacional, una de las estaciones principales está a cargo de los conductores y de los propietarios de furgones. No sabemos cuándo se detendrá esta explosión de irresponsabilidad por cuanto, tras nuevas noticias y comentarios sobre la violencia vial, indefectiblemente siguen otros hechos de sangre y de muerte, como si nada. Más bien, el volumen de las informaciones pareciera que estimula el apetito de violación de las normas de tránsito y de la carencia total de respeto a las personas, a la vida, al derecho de propiedad, a la convivencia social. En buen romance no se trata, en muchas situaciones, de accidentes, entendidos, según el DRAE y el habla corriente, como “suceso eventual o acción de que involuntariamente resulta daño para las personas o las cosas”, sino de un dolo eventual, en cuanto al proceder de conductores de vehículos pesados. Si el conductor de un furgón, de un autobús o de un vehículo pesado sobrepasa a otros en curva, rebasa los límites razonables o legales de velocidad, o bien, invade el carril contrario o maneja anegado en licor, obviamente no se trata de una acción involuntaria, pues puso todas las condiciones a sabiendas de la probabilidad de una tragedia. Esta conducta debe sancionarse con otros parámetros o criterios diferentes de la lenidad, lindando en la impunidad, con que se observan estos hechos en nuestro país. Pues bien, uno de estos trances se escenificó anteayer un kilómetro al oeste del aeropuerto internacional Juan Santamaría. Un furgón, a las 7:45 a. m., se introdujo en el carril contrario con las consecuencias que un elemental sentido de responsabilidad pudo haber previsto: chocó de frente con un camión manejado por un pequeño empresario, Rodrigo Zamora Mata, quien murió al instante. Era padre de dos hijos, un joven de 20 años y una niña de dos años. Consumada la tragedia, se recogieron las declaraciones de rigor. La viuda dijo: “Mi esposo era un buen padre de familia y un gran trabajador. Les ruego a los conductores tener más precaución para que estas cosas tan tristes no sucedan más”. Un ruego piadoso y digno, pero las cosas seguirán sucediendo. Un testigo presencial expresó: “El furgón venía muy rápido y de pronto se metió en el carril por donde iba el camión. Fue un golpe tremendo...”. Un inspector de Tránsito sentenció: “Este tipo de maniobra es muy frecuente en la carretera Bernardo Soto”. En lo dicho está todo: dolor e impotencia, de la viuda; irresponsabilidad por partida doble (exceso de velocidad e incursión ilegal) del conductor y, por la declaración del inspector de Tránsito, impunidad a todo trapo, pues, como dijo, se trata de actos muy frecuentes. En suma, la publicación diaria de los accidentes de tránsito y el espectáculo macabro de las muertes no han dejado huella ni inducido al cambio. La violencia vial sigue ejerciendo su señorío. En cuanto a los furgones, el historial de muerte y de prepotencia de los conductores pesa en demasía en el país, como se puede comprobar fácilmente en cualquier carretera. ¿Causas? Además de la complacencia y casi estímulo de nuestras leyes, la irresponsabilidad de muchos conductores y, particularmente, la negligencia e impunidad de no pocos propietarios. Mientras las leyes no sancionen con severidad a estos, por su negligencia al contratar al personal y por su falta de control o vigilancia, seguirá el cortejo de la muerte en las carreteras.
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