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Paradojas del comercio Rodrigo Alberto Carazo Abogado Se nos dice que subirá el costo de los huevos y del pollo, de la carne y la leche. También de las tortillas. La razón: sube el precio internacional del maíz y Costa Rica dejó, hace tiempo, de intentar siquiera producirlo. Abandonamos, por no tener “ventajas comparativas”, eso que se llama la soberanía alimentaria. Mejor, se dijo, no producir maíz ni frijoles ni arroz, mucho menos sorgo, soya y otros granos básicos. De otros lugares “nos vendrían más baratos”. Ahora, cuando esa producción de fuera es cara, la solución que nos dan es “quitarle impuestos”; es decir, que todas las ventajas queden fuera y aquí no haya ni para la gasolina de los agentes de extensión agrícola o los salarios decentes de los policías. Nuestro principal socio comercial sabe defenderse y adoptar las políticas que sean mejores para su gente. Esto es comprensible. El petróleo, base de su economía, llega a precios sin precedentes. Surge entonces la imperiosa necesidad de encontrarle sustitutos: el etanol, producido a partir de vegetales (como el maíz) genera energía para el transporte y baja el uso del petróleo. Entonces, en sus tratados comerciales, el socio privilegia la importación de etanol (producido fuera les sale más barato y sacan las deseconomías y los daños ambientales a otros territorios). El etanol, además, es menos contaminante y eso calza con las tendencias conservacionistas.
El etanol se produce con maíz –y otros vegetales– y se puede producir a gran escala (y a pequeña escala también, usando incluso aceites quemados en restaurantes para producir biodiésel, que tiene propiedades semejantes). Respetables decisiones. Mientras tanto, nuestro socio comercial mantiene sus enormes políticas de subsidios a la producción agrícola. Esto es también respetable. Lo hacen con su propia plata y con el propósito de mantener a la gente en el campo. Con ello logran bajar los costos de la producción agrícola. Al aumentar la demanda de esos productos, ya no para que los coma la gente ni los animales, sino para producir combustibles, sube su precio. Al mantenerse los subsidios, aumenta la utilidad de su comercialización (y allá nadie se queda sin comer por eso, pues no es para comer que se usan esos productos). Mientras tanto, países como Costa Rica, que abandonaron la producción agrícola de esos granos (porque fuera eran más baratos) y nos convertimos en una especie de “ensambladora” de huevos, de leche, de pollo, de carne (ahora nos dicen que salgamos de eso también) nos encontramos con esos productos, que seguimos comiendo, más caros. “Sálvese quien pueda”. Antes, para amortiguar los efectos de esas variaciones de mercado, el socio comercial tenía esquemas de cooperación (el PL-480, aportaba recursos de compensación, por ejemplo). Ahora ya no. Es el mercado libre, el “sálvese quien pueda” (y el que no…). Ahora, para producir tortillas, huevos, pollo, leche y carne, hay que comprar granos a los precios altos de mercado, y pagarlo de contado. Seguimos comprando petróleo caro, incluso para compensar la falta de planificación y de decisión política en la generación de electricidad, y, además, ahora tenemos que comprar maíz caro, y ni siquiera cobrar impuestos por traerlo de fuera. Perdemos en todo y hay quienes insisten en seguir ese juego. El 23 de setiembre podremos “salirnos de esa cancha” y enfrentar el gran reto de pensar en Costa Rica y en los costarricenses.
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