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/ LA NACIÓN

Maestros

Infundir espíritu de fortaleza interior es el gran reto humanista del milenio

Helena M.ª Fonseca de Odio
hf@eecr.net


Lo grande nace pequeño. Todo requiere cultivo, tiempo y cuidado para que haya crecimiento. Somos deudores de las personas que han enriquecido nuestras vidas. Un diamante es un diamante hasta que alguien lo descubre, lo arranca y lo talla. En nuestras vidas hemos tenido modelos atrayentes que nos han forjado. Tal vez las mejores obras de arte son las personas que nos rodean, las que soñaron con amores grandes, las que nos enseñaron a conocer y a amar con rectitud, las que apostaron por retos apasionantes.

Ellas son las personas que nos enseñaron que un alma mide lo que mide su amor, que el amor transfigura y lo renueva todo. Nos enseñaron que existen cosas más elevadas que el interés y la utilidad: la belleza y el honor, que ser noble significa el asumir libremente más responsabilidad que otros, a saber que se existe para el honor, que en el fondo solo hay un enemigo: lo vulgar. Nos enseñaron a amar la verdad para tener la valentía de mirar a la realidad cara a cara y obrar siempre conforme a nuestras convicciones, aunque nos quedemos a solas con ellas algunas veces, a permanecer firmes ante todo lo confuso, con mirada clara, voluntad imperturbable y corazón libre.

Rectificar y ayudar. También nos enseñaron que es importante permanecer fiel a uno mismo, a llegar a ser enteramente insobornables, a que podemos equivocarnos y que es maravilloso rectificar, a ser de fiar y estar dispuestos a ayudar, a ir en serio por la vida, a que cada palabra tiene su peso, su valor. Nos enseñaron que lo grandioso no siempre es auténtico, a cuidarnos ante las intimidades vacías y sin rostro, volcadas sobre lo exterior, detrás de las que no hay nada sólido.

Agregaron que lo que más ayuda a descubrir nuevos horizontes es saber convivir para poder crear, edificar y conservar junto con los demás, que donde no hay preguntas tampoco llegan las respuestas, que tener fe y confianza en la vida es fundamental, que amar exige entrega y que el sufrimiento afina mucho, que existen alegrías que se viven dentro, calladas y echan profundas raíces, que muchas veces divertirse es algo externo, hace mucho ruido y desaparece…, que tenemos que pensar a fondo las cuestiones, adentrarnos en los asuntos, superar el desasosiego y la prisa, a saber distinguir y no generalizar, a ser justos.

Madurez y equilibrio. El coeficiente intelectual aporta tan solo un 20% de los factores que determinan el éxito, lo que supone que el 80% depende de otras causas. Este 80% nos lo jugamos labrando una personalidad madura y equilibrada en la educación, en la formación del carácter. La sociedad necesita educadores con grandes ideales, que aspiren a metas altas, ambiciosas, que transmitan un listón alto, formulen una ilusión. Infundir un espíritu de fortaleza interior es el reto humanista de este milenio.

Los enemigos más difíciles están en la mente y en el corazón: el miedo, la inseguridad, la sospecha; para vencerlos se requiere fuerza interior, recursos, lucha y reciedumbre.

Los valores que más enriquecen a la persona son aquellos que la convierten en mejores hombres, mejores mujeres: capacidad de amar, disponibilidad, servicio, solidaridad, alegría, optimismo, entrega, gratitud. Ponerse en contacto con el sufrimiento: “No hay nada que dignifique tanto al un hombre como sentir como propio el dolor ajeno”. Esta es una meta educativa primordial.

El mayor reto estriba en que los niños prefieran desde pequeños “ser mejores” a “tener más”. Su felicidad interior depende de la calidad de su servicio, de su capacidad de “darse”. “El objetivo primordial de los padres de familia es enamorarse de la labor de formación que consiga de sus hijos hombres y mujeres expertos en humanidad, dueños de sí mismos para poder luchar hacia ideales nobles, retadores, altos”. Este es precisamente el gran tesoro y esperanza que supone la familia.

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