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Los árboles de mango Ángela Ávalos R. aavalos@nacion.com Anoche tuve un sueño. Soñé que salía corriendo de casa como lo hacía de niña, hacia el patio. Era la casa vieja, sin garaje y sin carro. Salía corriendo de casa y me encontraba con el trillo viejo. Me topaba con la frescura del cafetal, del palo de guaba, de los nísperos y con el olor del café floreado. Soñé que salía corriendo de la casa vieja como lo hacía de niña, después de volver de la escuela. Y allí estaban ellos. Soñé que miraba hacia arriba y veía el sol entre sus hojas, reflejando la luz con los tonos que solo podían nacer de aquellos follajes. Y sentí que mi corazón brincaba de la felicidad porque todo había sido una pesadilla. Allí estaban aquellos hermosos gigantes saludándome con sus ramas. Corrí a abrazarlos. Y sentí –de verdad lo sentí– entre las palmas de mis manos la piel de su corteza arrugada, las grietas de sus troncos, la suavidad de su musgo fresco. Y vi la ventana que algún día dibujamos en su corteza para la casita de nuestros juegos. Y vi las ramas que sostenían las hamacas que nos llevaban hasta el cielo. Y escuché el viento cantar entre sus hojas. Y me sentí muy feliz porque pensé que todo había sido una pesadilla. Pero desperté. Lloraba. Eran lágrimas de verdad las que corrían por mi cara. Era una mueca de dolor la que se dibujaba en mi rostro. El pitazo de un tráiler atravesó el espacio vacío para traerme a la realidad en aquella madrugada. Volví a ver hacia la ventana de la cocina y allí estaban las luces de la ciudad al alcance de mi mano. Pero ya no estaban ni los palos de níspero ni los de guaba ni el cafetal floreado. Tampoco estaban ellos, mis amigos de infancia, los faros verdes, gigantes, que vigilaron mis juegos. Aquellos palos de mango, centenarios, habían desaparecido como todo lo demás, bajo el sonido estridente de una motosierra, para dar paso a una jungla de cemento. La lápida de mi infancia. Ya no sonará el viento con la música que le daban sus follajes. Tampoco cantarán los yigüirros en invierno como lo hacían desde sus ramas. Salieron huyendo del tractor y de los hombres-hormiga que se encargaron de destruir en una mañana lo que a la naturaleza le tomó décadas. Ya no saldré corriendo hacia el patio a respirar el olor de la flor del café. Desde la ventana de mi cocina solo veo un muro de concreto y el espacio terriblemente vacío que me acerca –como nunca antes– las luces de la ciudad. Anoche tuve un sueño. Y lloré, lloré mucho, porque la pesadilla se convirtió en realidad.
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