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Al Grano Édgar Espinoza eespinoza@nacion.com ¡Vivan los apagones! Pero no necesariamente para apretarnos con alguna muchacha detrás de cualquier puerta. Vivan porque no hay mal que por bien no venga. Los más recientes, que tanta molestia y pérdida le causaron al país, han sido, después de todo, una bendición al arrojarnos más bien luz sobre lo que podría haber detrás de ellos. ¿Improvisación? ¿Negligencia? Por supuesto, pero lo que nadie nos quita de la cabeza es que estamos ante algo más peliagudo. La energía fue siempre el alma del ICE primigenio. Había energía para todo: para hacer las cosas bien y hasta para alumbrar el futuro. Su prodigio de electrificar el 97% de la población, su gesta de lograr que un ranchito perdido en la montaña se encendiera de esperanza, fue la mejor señal de que, a punta de mística de servicio, también nos iluminaba el camino del desarrollo. Ese ICE se acabó. Desde que políticos y sindicatos se metieron a su pista de carreras, la institución no solo perdió el rumbo, sino que, peor aún, retrocedió. Desde entonces no hay una sola cosa que haga bien, ni siquiera los propios apagones, pues decía que los haría a una hora, y los hacía a otra, y uno con aquellos frijoles al fuego todavía como balines, los motetes de ropa sin planchar o elblower del copete a medio palo. Hasta al presidente Óscar Arias, que tanto se chinea la imagen, lo pusieron con foto, discurso y todo a bendecir una planta hidroeléctrica que no vio ni el arranque. Y, si de telecomunicaciones se trata… ¡de ponerse a llorar! Esas infrahumanas filas para conseguir un celular GSM, cuya señal sigue siendo precaria, no obstante los millones de dólares que nos han sacado, son una muestra patética más de que el ICE está hoy en otra cosa. ¡Y vaya usted a buscar al responsable a ver si lo encuentra! El ICE de ahora es un santuario. Para los políticos, porque lo desangran, ya para restarle capacidad financiera y espíritu emprendedor, ya para ganarse algún “premio” o “cariñito” con los contratos. Le ponen todas las trabas del mundo para invertir y, cuando invierte, lo despluman. Y, para los sindicatos, porque es su alegre plataforma de huelgas, demagogias, manifestaciones, privilegios, negocios y demás “hugochavismos”. Con el ICE, nosotros, sus verdaderos dueños, ya nada tenemos que hacer, salvo ver impotentes cómo se lo embolsican sus inquilinos de turno. Por eso, los apagones han sido providenciales para destapar aún más ese hoyo negro que es el ICE actual, y que, si hasta hace un tiempo se distinguía de otras instituciones públicas decadentes, ahora es parte nada honrosa del mismo club. Ya no hay regreso: el ICE se nos apaga. Lo siento por nosotros, los flamantes patos de la fiesta.
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