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De nuevo, la violencia En Gaza y Líbano de nuevo se ha reactivado la violencia fratricidaComo en otras oportunidades, la gran víctima es el pueblo palestino El funesto y mortífero lenguaje de la violencia ha surgido de nuevo en el Cercano Oriente. Esta vez, por partida doble, pero con un mismo tipo de víctimas: los palestinos, atrapados por luchas sectarias y acciones de grupos terroristas. El baño de sangre se reinició en la minúscula, pero siempre explosiva, franja de Gaza, uno de los dos territorios divididos por Israel donde, con enormes dificultades, gobierna (o pretende hacerlo) la Autoridad Palestina (AP). A pocos días de que el partido Fatah, que por 13 años dominó la AP, y su sucesor, el movimiento Hamás, hoy dominante, firmaran un acuerdo para establecer un añorado “Gobierno de unidad nacional”, las esperanzas fueron rotas por un intenso intercambio de fuego. Los nuevos enfrentamientos hicieron erupción el 10 de este mes, cuando las milicias de Fatah, sin control gubernamental alguno, se lanzaron a las calles de Gaza sin la autorización de Hamás, cuyas fuerzas, de inmediato, respondieron con fuego. A partir de allí se ha desarrollado una verdadera carnicería entre ambos bandos, sin que el gobierno de la AP, débil y fraccionado, haya sido capaz de restablecer el orden. Israel, como es su costumbre, intervino en el conflicto, pero con una gran moderación, Sin embargo, ha sido blanco de los cohetes lanzados desde Gaza por los militantes de Hamás, quienes incluso han amenazado con reanudar los atentados terroristas suicidas contra la población judía. El lunes 21, el Gobierno israelí declaró que, si esos ataques no cesan, “decapitará” la cúpula de Hamás, de lo que no se salvaría siquiera el primer ministro palestino, Ismail Haniyeh. En Líbano, los choques armados comenzaron el domingo, cuando el ejército libanés atacó un apartamento en un campo de refugiados palestinos de la norteña ciudad de Trípoli, donde se escondía una célula del grupo terrorista Fatah al Islam (cercano a al-Qaeda), a la que se atribuye la responsabilidad de una ola de recientes robos bancarios. Los enfrentamientos que han seguido desde entonces han cobrado casi cien vidas y han producido muchos más heridos. Después de una tregua acordada el martes, miles de refugiados han huido de sus viviendas, temerosos de nuevos (y casi inevitables) enfrentamientos, y la magnitud de la tragedia ha crecido. Aunque no existen evidencias claras al respecto, el Gobierno libanés acusa al de Siria de utilizar a Fatah al Islam para desestabilizar al país. En todo caso, lo cierto es que el grupo, a pesar de su reducido tamaño, es sumamente peligroso, lo rechazan incluso la Organización para la Liberación Palestina (OLP) y otros grupos palestinos laicos, opuestos a su fundamentalismo religioso y nexos con al-Qaeda. Si no se logra frenar con eficacia y rapidez este nuevo conflicto, la integridad libanesa puede correr nuevamente peligro. Los problemas de Gaza y Líbano no parecen estar directamente relacionados o, al menos, concertados. Sin embargo, tienen algo en común: su víctima más directa es la propia población palestina, tan sufrida a lo largo de décadas por expulsiones y segregación, y víctima de las luchas fratricidas entre distintos grupos, cada vez más dispersos. En Líbano, el Gobierno no deberá echar atrás en su decisión de controlar a Fatah al Islam. En cuanto a Gaza y Cisjordania (la otra porción bajo la AP), mientras no se logre establecer un gobierno medianamente unido, viable y plenamente capaz de controlar la seguridad, los enfrentamientos no cesarán; peor aún, podrán tornarse cada vez más mortíferos. Y los israelíes tendrán razones de sobra para rechazar un arreglo político que conduzca al establecimiento de un Estado palestino. Estos polvorines, sumados al de Iraq, a la intransigencia de Irán, a los dobleces de Siria y la intolerancia de Arabia Saudita y otras autocracias prooccidentales, constituyen un panorama sumamente complicado, para el que, desgraciadamente, las soluciones (siempre precarias) parecen muy lejanas.
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