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El futuro nos alcanzó Algunos quieren que la nave de Costa Rica siga amarrada en el puertoÓscar Arias Sánchez Presidente de la República El 130 Aniversario del Banco de Costa Rica debe llamarnos a reflexionar sobre las circunstancias por las que atraviesa el país. Lejos de ser un nostálgico recuento del pasado, ha de servir para otear el horizonte y vislumbrar las sendas del futuro, y no para aferrarnos a aquello que hemos sido y ya no seguimos siendo. Corren vientos de cambio y eso es inevitable: es en el cambio en que se nutre la existencia. Como la letra de aquella hermosa canción de Julio Numhauser que nos canta Mercedes Sosa, cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo. Y así cambiamos nosotros. Nos guste o no. Las políticas que antes resultaron ser exitosas, no lo serán en medio de un mundo que ha cambiado y nos exige a nosotros que cambiemos también. A mí me puede parecer maravilloso que el comercio internacional haya sido el gran motor de la economía mundial en los últimos 20 años, o me puede parecer terrible. A mí me puede parecer maravilloso que los países que más han logrado reducir sus índices de pobreza en ese periodo sean precisamente China e India, dos países que han abrazado el libre comercio con particular fervor; o me puede parecer terrible. A mí me puede parecer maravilloso que Costa Rica sea un país que produce lo que no consume y consume lo que no produce, y, por ende, esté obligado a exportar e importar sus bienes y servicios, al menor costo posible; o me puede parecer terrible. Y tuvo razón. A mí me puede parecer maravilloso que los empleos ligados a la exportación en Costa Rica sean, en general, estables, mejor remunerados y generados por pequeñas y medianas empresas; o me puede parecer terrible. Todo esto me puede parecer maravilloso o terrible, pero no puede resultarme indiferente. Como nación, podemos gastarnos los años gritándole al viento por soplar en la dirección contraria a la posición de nuestras velas, o podemos acomodar las velas y aprovechar el viento. Esto fue, precisamente, lo que hace doce años hizo la banca estatal cuando, en medio de negros vaticinios de quiebras y descalabros financieros, en medio de proclamas de soberanía monetaria, supo reconocer que la mejor forma de fortalecerse, era poniéndose a competir. Y tuvo razón. No existe nada extraordinario en esto. Por el contrario, lo que es ilógico es pretender negar el curso de las cosas. Cuando un periodista criticó a John Maynard Keynes por haber cambiado de opinión sobre un tema particular, él le respondió: “cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión, ¿qué hace usted, señor?”. Algo así nos toca preguntarnos en Costa Rica: ¿tendremos la madurez para aceptar que el mundo cambió y que hemos de cambiar con él? Tengo fe en que así será. Tengo fe en que asumiremos la responsabilidad del momento que nos ha tocado vivir, y sabremos salir a pregonar el credo del cambio como la esencia misma de la libertad, porque quien permanece inmutable está aprisionado en la celda del tiempo, en la celda del prejuicio, en la celda del miedo. El cambio es ahora. El cambio en democracia y libertad es el sino de esta hora. Podemos rehusarlo inútilmente, o podemos abrazarlo, en todas sus connotaciones y alcances. Hoy tenemos una oportunidad para abrazarlo de una manera particularmente afín con nuestra historia nacional: iremos a un referéndum para decidir si estamos a favor o en contra de aprobar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana. Sin embargo, unos pocos grupos opositores del TLC ya se han manifestado también en contra del referéndum. Después de años de proclamar que la razón de sus marchas y protestas, era que el destino del TLC debía decidirlo el pueblo costarricense, y no los diputados y diputadas de la Asamblea Legislativa, ahora dicen que podrían no reconocer el resultado de la consulta popular. Seamos sinceros: lo que no quieren es libre comercio, bajo ninguna circunstancia. Quieren que Costa Rica continúe amarrada en el puerto, esperando que sea el viento el que obedezca a nuestras velas, y no al revés. ¿Por qué? Creo que la respuesta es sencilla: como nos dice Juan Enríquez, “el futuro puede, en efecto, ser muy intimidante para los conservadores del statu quo”. Pero el futuro nos alcanzó. No nos queda más que lidiar con los cambios que trae nuestra era y adaptarnos a ellos, sacando el mayor provecho posible. Nada hacemos con darle nuestra espalda al mundo, porque es en el mundo en donde está aquello que tan profundamente anhelamos: un mayor desarrollo para Costa Rica.
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