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Votos lícitos e ilícitos Fernando Guier Abogado Sin citar normas reglamentarias –sabemos que el estatuto legislativo se diseñó para paralizar o agilizar la Asamblea al tenor de una presidencia imperial–, es indiscutible que la elección del jerarca de ese organismo fue ilógica e irracional. Aunque la ordenanza resuelva que son nulos los votos firmados por hacerse así públicos –entonces son ilícitos y sin existencia–, recuerdo aquellos versos: “...los muertos que vos matáis,/ gozan de buena salud”. Primero los mata –declarándolos nulos– e inmediatamente después –no al tercer día– los resucita para consolidar una elección válida y declarar un triunfador, reforzado con votos ilícitos, nulos e inexistentes. Ni Kafka hubiera ideado tal anomalía. Hay que emitir voto en secreto, pero no lo es después. Todos lo hacemos público, antes y acto seguido de la elección y no en la urna electoral. Dos diputados votaron en silencio, callados –no gritaron el nombre del escogido en ese momento–, y se supo después cuando la firma se hizo pública en el escrutinio. No son nulos e inexistentes porque se emitieron en secreto y, de serlo, no se puede declararse válida la elección sostenida con esos dos votos nulos, que no existen. Lo que no existe, después existe, pero continúa siendo inexistente, nulo.
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