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El odio no construye

Construimos oyendo a los demás para que el debate sea creativo

Miguel Ángel Rodríguez E.

Expresidente de la República y Exsecretario General de la OEA

Con ilusión, la Asociación de Estudiantes de Administración Pública de la Universidad de Costa Rica (UCR) me pidió exponer sobre Gobernabilidad Internacional el 28 de abril, en el marco de su actividad “La Esfera Pública en el Marco de las Relaciones Internacionales”. Acepté cooperar con alegría y preparé el tema.

A punto de concluir la primera parte de la conferencia, unos pocos jóvenes interrumpieron, entrando con una manta e insultándome a grito pelado. Contemplándolos, esperé con tranquilidad a que terminaran sus ofensas.

Esos jóvenes tienen derecho a expresar sus puntos de vista, aunque no sea el modo, pero ¿y el derecho de los estudiantes que querían oír la charla?

En ese acto bochornoso de muy pocos no se reflejan la UCR ni el estudiantado en general, ni sus profesores. No recuerdo en mi vida de profesor de la UCR ni en una universidad pública costarricense que haya sucedido algo así en aula o auditorio, sitios sagrados de reflexión y debate de ideas.

De izquierda y derecha. Ni siquiera en condiciones tirantes de discusión sobre proyectos de ley o políticas de gobierno, el movimiento estudiantil o sus dirigentes actuaron con irrespeto e intolerancia en el seno de la Universidad. En la década de 1960, época del desarrollo de la juventud universitaria crítica y comprometida con ideas socialistas, la apertura al debate de ideas, permitía sentarse en las aulas a la izquierda, a la derecha y a los grupos socialcristianos, a discutir, a proponer, no a gritar.

La UCR es crisol de ideas y fuente de fortalecimiento democrático, por la esencia de su condición académica, de investigación y acción social. Bien hizo el rector doctor Claudio Gutiérrez en llamarla “conciencia lúcida de la patria”.

Ese día me dolió de modo especial la muestra de grosería, porque me acompañaba mi esposa, Lorena, a quien invité por ser un tema de su interés. Pero mayor dolor me causó ver el odio y el rencor dibujados en las caras y muecas de esos pocos muchachos.

¿Dónde han aprendido que el odio construye? ¿Quién les enseña que la ira permite superarse y progresar? ¿Cuál “ciencia social”, teoría o doctrina les emponzoña el alma con rencor? ¿Qué movimiento los incita a la venganza para liberarse?

Con respeto y con afecto de más de 40 años de profesor universitario digo a esos pocos jóvenes: ¡no!, jóvenes, ¡así no! Es con ideas, no con insultos; es con la palabra, no con gritos; es con más pensamiento. Si ciertamente tienen ideas, háganlas valer por su verdad de convencimiento, no por los puños del autoritarismo.

Avanzamos escuchando. En el odio, la ira, el rencor y la venganza esos jóvenes no encontrarán superación y tranquilidad ni paz y felicidad. Tampoco podrán construir progreso y justicia social con esos instrumentos. Avanzamos escuchando y tratando de hacer las cosas mejor.

Me permito decirles que, para superar sus problemas, la pobreza de muchas familias, el desencanto de la clase media, el camino no es el odio, es el amor. Si deseamos vivir con solidaridad y buscar la felicidad, debemos basar las relaciones sociales en el amor, que es comprensión.

Amor a Dios que perdona nuestra debilidad. Amor a nosotros mismos, no por nuestra condición ni por orgullo de creernos dueños de la verdad, sino por la humilde conciencia de nuestra ignorancia, por la capacidad de arrepentirnos y de enmendar todos los días. Amor a nuestros semejantes, incluso a los enemigos, que nace de ser cada uno de ellos criatura digna y libre igual a mí, y que me obliga a perdonarlos igual a como me debo perdonar a mí mismo.

Ese camino de amor se transita paso a paso. El cambio es gradual, por tanteo y error. Lo construimos oyendo a los demás para que el debate sea creativo. Copiando conductas exitosas y respetando normas de convivencia que nos permiten realmente vivir en paz y ser tolerantes. Para andar ese camino de amor, es esencial respetar los derechos de los demás, el debido proceso, los derechos humanos y las buenas maneras.

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