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/LA NACIÓN

Juego sucio

El pintor José Miguel Rojas, dos décadas después...

Jaime Ordoñez


Cuando en 1989 los espectadores nos enfrentamos en el Museo de Arte Costarricense a aquellas figuras fantasmagóricas pero, a la vez, poderosamente reales de lasImágenes del poder de José Miguel Rojas – que, sin duda, marcaron un hito en la plástica costarricense de esa década– tuve la sensación de que el autor había llegado en ese momento de su vida, apenas con 28 ó 29 años, a dos hallazgos importantes. El primero de carácter estético y el segundo de carácter conceptual o ideológico.

Las trampas del concepto. Desde el punto de vista artístico, aquellas visiones deformadas y perturbadoras de rotundos depredadores del poder, políticos que exhibían todas sus ambiciones y vicios, constituían una trampa peligrosa y complicada, pues la decantación de la imagen hasta sus últimas consecuencias (esto es su filtración y depuración hasta convertirla en pura esencia caricaturizada) puede volverse al final un ejercicio de puro concepto y, entonces, negar la naturaleza misma de la plástica. Se trata de un juego peligroso, solo salvado por algo que puede llamarse algo así como la metacomunicación del trazo o del signo pictórico, un hecho inasible y adicional, a veces un simple rasgo, que está en la esencia misma de la creación artística.

En alguna medida, ese algo adicional es lo que distingue un simple enunciado conceptual de una imagen con valor artístico. En algunos casos, eseplus sirve para contar una historia o evidenciar los rasgos agudos –y casi siniestros o cínicos– de los seres que se mueven en las grandes urbes, tal y como lo redescubrieron en su oportunidad los expresionistas alemanes, desde 1905 en adelante, Kirchner, Heckel, el gran Emil Nolde, Max Pechstein y Otto Muller, pero, sobre todo, a partir de 1920 y 1925, las imágenes descarnadas de dos pintores enormes, Otto Dix y George Grosz, cuya obra siempre nos provoca asombro, y quienes plasmaron crudamente el existencialismo y el nihilismo imperante en la Europa de entreguerras.

En algunos casos, no se cuenta necesariamente una historia, sino más bien se narra la psicología de un personaje, o se narra la sensibilidad de una época, como en el caso de propio Dix, y otros pintores con obra estremecedora, que en ocasiones linda con el oscuro mundo del subconsciente como Oskar Kokoscha o el francés Julian Pascin.

Dos décadas después. Hoy, casi dos décadas después, José Miguel Rojas nos presenta en la Galería Alternativa de Pavas una nueva exposición, Juego sucio, en la cual vuelve a caminar por esa misma cuerda floja que media entre el puro concepto y la concreción de la imagen. Una vez más, ha logrado sortear los peligros hábilmente, siempre encontrando ese algo adicional, nuevamente en descarnadas figuras que retratan el mundo violento del poder, de la subcultura del dinero y del estatus. José Miguel, al igual que hace dieciocho años, consigue que sus pinturas se transformen en poderosos golpes al mentón del espectador, en fantásticas bofetadas o escupitajos en su cara, en sobrecogedoras comunicaciones que logran transmitir ese hecho terrible y maravilloso que pervive en toda obra de arte: la sorpresa.

En efecto,Juego sucio transmite sorpresa, angustia y dolor sobre el destino y la condición humana. En las diferentes piezas, el autor logra desnudar los perfiles más oscuros de algunos seres-arquetipos que simbolizan las instituciones del poder y el siniestro nudo de las adulaciones y los intereses. Estos cuadros de gran formato y notable maestría técnica, realizan plenamente el objetivo de la obra artística: nos pone en un espejo, como sociedad y civilización, y desnuda todas nuestras bajas pasiones, los vicios del poder y todos sus sucedáneos. Algunas obras comoInestable mundo resultan, inclusive, más sobrecogedoras, pues logran transmitir percepciones que, no por indirectas o más sutiles, dejan de ser absolutamente inquietantes, y quizá hasta más peligrosas en su significado. Por ejemplo,Hiena o El otro festín son las desgarradas metáforas de la jauría humana. O, quizá, a la inversa. Nosotros, la civilización, como la imperfecta metáfora de la naturaleza, tal como sostiene Richard Rorty en uno de sus más memorables ensayos.

Desde el punto de vista ideológico, el hilo conductor de esteJuego sucio retoma lo queImágenes del poder ya había planteado. Nos recuerda lo que en el fondo somos los seres humanos: sujetos en conflicto, amarrados a una suerte de ley darwiniana del enfrentamiento. La obra de José Miguel Rojas le recuerda a uno la terrible percepción de Thomas Hobbes: que estamos amarrados a la cruel condición de la entropía y a la pugna con nuestros iguales. Y que, además, la difícil tarea del ser humano –independientemente de lo que logre sobrevivir y hasta tanto nos alcance el reloj– consiste en domeñar esos bajos instintos y apostar por la aventura del diálogo y la civilización.

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