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Foto Principal: 1596458
En el centro penal La Reforma decomisan al año grandes cantidades de crack y marihuana.

Falta de estudio y drogas no perdonan


Nicolás Aguilar R.
naguilar@nacion.com

Las drogas no perdonan a nadie, mucho menos en prisión.

Los presidiarios que consumen crack , marihuana o cocaína tienen escasas posibilidades de superarse y de rehabilitación.

Se trata de reos que casi nunca participan en los programas educativos que ofrece el sistema penitenciario, y, debido a su adicción a las drogas, representan una pesada carga para sus familiares.

Algunos, de acuerdo con informes de las autoridades, frecuentemente exigen dinero a sus padres, convirtiéndose así en “una pesada carga familiar”.

“Cuando salen de la cárcel, no encuentran trabajo y terminan robando para comprar droga. Al ratito están de vuelta”, afirma el presidiario Julio Ortiz Jiménez.

Para otros, la baja escolaridad es una muralla infranqueable. Apenas saben leer o escribir y no tienen un oficio que les facilite obtener empleo al volver a la calle.

“Ese un problema que trabajamos todos los días con programas educativos y talleres donde aprenden oficios relacionados con la construcción e, incluso, con computación”, afirma Rodolfo Ledezma, director de La Reforma, donde casi 900 de los más de 2.000 reos son reincidentes.

Para algunos, ligados con asaltos, estafas y narcotráfico, el delito es un modo de vida y, al salir, regresan a lo mismo porque, aseguran, “es lo que mejor hago”.

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