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Foto Principal: 1596563
Quintero tuvo a Gilzack tras adoptar a Giuliana.
Alejandro Sandino para LN

Maltrato desde la ventanilla del PANI


Ángela Ávalos R.
aavalos@nacion.com

Hace cinco años, el comerciante ramonense Julio Esquivel y su esposa Gilka Quintero, empezaron a hacer trámites para adoptar.

Sin embargo, aseguran que al acercarse al Patronato Nacional de la Infancia (PANI) se enfrentaron con malos tratos desde el mismo momento que pusieron un pie en la oficina de la localidad.

“Uno llega y se asoma a la ventanilla con esa timidez que se trae, y delante de toda la gente le pegan cuatro gritos: “¿usted qué viene a hacer? ¿Adoptar? Mejor, piénselo bien”, contó Quintero.

Hoy y después de cientos de trámites y congojas, tienen a su Giuliana, de cuatro años.

“Duramos dos años para que nos llamaran. Fue como si me hubieran dicho que estaba embarazada”, narró Quintero. “Pero fue un embarazo largo. Duramos dos años más para que nos dieran a la niña”, agregó Esquivel.

Mientras esperaban, Giuliana pasó los días en un hogarcito del PANI, en Desamparados. “Tenía año y medio y apenas podía caminar. Era tímida y no hablaba nada”, relató la joven madre.

Un error del PANI obligó a esta joven pareja a enfrentar el último y más difícil trance en su carrera por adoptar a la niña.

En la oficina de la zona sur se les olvidó consultar a los abuelos de la pequeña si se podía dar en adopción. El PANI siempre agota la vía familiar.

Por ese “olvido”, una jueza casi les quita a la niña, que ya tenía dos años viviendo con ellos, a pesar de que los abuelos biológicos dieron su consentimiento a la adopción.

Según la jueza, Giuliana, de origen indígena, no podía ser adoptada por una pareja que no fuera indígena. Finalmente, y tras un largo y costoso pleito judicial, la menor volvió con ellos y con su hermano Gilzack, pues Quintero logró quedar embarazada el año pasado.

Hoy, los cuatro tratan de dejar atrás los malos momentos en esta carrera por formar una familia.

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