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Evaluación por resultados No hay que esconderse tras vestidos que ni ocultan ni modifican la realidadYalena de la Cruz yalenadelacruz@yahoo.com Odontóloga Hans Christian Andersen narra en uno de sus cuentos la historia de un emperador aficionado a los trajes nuevos, al que unos truhanes le hicieron creer que le harían un maravilloso vestido que sería invisible para todo aquel que fuese tonto o no apto para su cargo. Así, sus múltiples asesores enviados para inspeccionar su confección, siempre le dijeron que evidenciaba su belleza. El emperador, que tampoco lo veía, no podía aceptarlo so pena de ser tomado como indigno de su cargo, por lo que consintió en vestirlo y desfilar con él. En medio desfile, un niño exclamó: “¡Pero si no lleva nada!”. Y la gente comenzó a repetir: “¡No lleva nada!”. El emperador siguió su marcha y sus ayudantes continuaron en ella sosteniendo la inexistente cola. Parte del problema de trabajar con niños es precisamente que no hay formas de ocultar desnudos y miserias. De ahí que es deseable que los gobiernos asuman una responsabilidad legal y moral, que ha sido esbozada como una meta global por parte de Unicef: que toda la infancia del planeta goce de salud, educación, igualdad y protección. Brecha creciente. El llamado ha sido urgente, frente a la creciente brecha entre el reconocimiento jurídico formal de los derechos de la niñez y su implementación efectiva. Veamos, como ejemplo, el caso de Costa Rica, signataria de todas las convenciones, con buena legislación, un PANI de más de 70 años y una fuerte Defensoría de los Habitantes, pero con problemas y exclusiones como los siguientes, del año 2005 (V EDNA, Unicef): un aumento en la mortalidad infantil a 9,8 x 1.000 personas nacidas vivas; 455 niñas tuvieron un bebé (las relaciones con menores de 12 constituyen delito de violación); el 70% de los adolescentes carece de cobertura en salud; el 10% de los niños no tienen cobertura de inmunización; solo el 33% de las personas que ingresan terminan la educación secundaria; se desconoce la población de niñez y adolescencia en riesgo y no hay un sistema básico de información referente a niñez ni indicadores que permitan valorar cuantitativamente el impacto de los programas. Junto a estas citas, la realidad deja desnudas, expuestas a nuestra vista que a veces se resiste a ver, la niñez y adolescencia en explotación sexual y laboral, en mendicidad y adicciones, en abandono, trata y tráfico. Pero, al final, ¡siempre surge el grito evidenciante de los niños! Inversión social. Para erradicar tales situaciones, Unicef aboga por la inversión social como promotora de equidad, bienestar, movilidad y ascenso social. Señala que “la condición social de privación debilita tanto a las instituciones, como los valores y la cultura de participación y convivencia solidaria que son esenciales para la vida democrática”. Exige colocar los derechos de los niños, niñas y adolescentes en el centro de las políticas públicas y, sobre todo, de los presupuestos públicos, pues lo que no tiene recursos suficientes no es prioritario. Pero, además, Unicef llama a “buenas prácticas de gestión institucional para asegurar que las inversiones sociales tengan impactos positivos en la vida de las personas menores de edad”, lo que incluye la rendición de cuentas, procesos ejecutivos y legislativos participativos, promoción de la discusión y la concertación sobre prioridades de las políticas públicas y los presupuestos, planificación estratégica basada en resultados y vigilancia ciudadana de las políticas públicas y la inversión social. Ojalá que nos haya llegado la hora de estar dispuestos a asumir el reto, tras muchos años en los que lo políticamente cómodo ha sido siempre esconderse tras vestidos que ni ocultan ni modifican positivamente la realidad.
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