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Nuevos libros, vieja historia

Las nuevas prácticas historiográficas implican entender el pasado en sus propios términos

Iván Molina Jiménez
Catedrático, UCR

A comienzos de la década de 1970, se inició en Costa Rica una renovación de los estudios históricos orientada a profesionalizar el análisis del pasado. Esto último implicaba superar una visión de la historia descriptiva, centrada en los individuos y los acontecimientos, y avanzar hacia un análisis de los grupos sociales y de los procesos. Tal cambio de perspectiva suponía, además, tratar de entender el pasado en sus propios términos, y no como una simple proyección de las preocupaciones del presente. Por último, la nueva forma de examinar la historia implicaba el compromiso de considerar toda la evidencia disponible, y no solo la que apoyaba las preferencias teóricas o ideológicas del investigador.

Recientemente, se han publicado tres obras sobre la guerra de 1856-1857:Clarín patriótico , de Juan Rafael Quesada,El lado oculto del presidente Mora , de Armando Vargas, yLos soldados de la Campaña Nacional , de Raúl Arias Sánchez. Pese a los datos nuevos que aportan (en particular, los de Vargas y Arias Sánchez), esos tres libros representan un paso atrás en relación con la profesionalización del estudio del pasado. Por razones de espacio, seré sucinto al precisar sus principales limitaciones.

Falta de base. Ante todo, en dichas obras se insiste en presentar la llegada de William Walker a Centroamérica como una invasión tácitamente promovida por el Gobierno de Estados Unidos, pese a que la importante investigación de Robert E. May ha demostrado contundentemente la falta de base de tal enfoque.

De igual importancia, los tres autores simplifican la caracterización de la sociedad costarricense de la primera mitad del siglo XIX, al punto que Quesada casi retorna a la vieja y superada concepción de la “democracia rural” (ni siquiera consultó los textos ya clásicos de Lowell Gudmundson). En este mismo sentido, y con el fin de enfatizar en el carácter “nacional” de la Campaña, pasan por alto las profundas divisiones y contradicciones que experimentaba Costa Rica en la década de 1850 (con excepción de algunas referencias a las divisiones entre los grandes cafetaleros), las cuales fueron agravadas por la guerra, la peste de cólera y la crisis económica. Tampoco consideran, por supuesto, el descontento producido por la política agraria de privatización de tierras seguida por la administración de Juan Rafael Mora, ni el malestar provocado por la pérdida de la ciudadanía que experimentaron miles de costarricenses adultos tras la aprobación de la Constitución de 1848.

En los casos de Quesada y Vargas, en especial, hay una tendencia a la exaltación sistemática de Juan Rafael Mora, la cual, a la vez que retoma un proceso de culto a la personalidad iniciado por círculos intelectuales de izquierda a inicios del siglo XX, omite considerar lo que al parecer fue el primer gran ciclo de corrupción en la historia de Costa Rica, iniciado durante el gobierno de Mora y prolongado luego de su derrocamiento. Vargas, por su parte, magnifica tanto la importancia histórica de la guerra de 1856-1857 que inevitablemente la distorsiona.

Ni se mencionan. Lamentable es también que buena parte del libro de Quesada sea una polémica abierta con el historiador canadiense Steven Palmer sobre el origen de la nacionalidad costarricense, sin que Palmer sea mencionado ni una sola vez. Y pese a que Víctor Hugo Acuña e Ileana Muñoz comparten un enfoque similar al suyo, Quesada ni siquiera se molesta en considerar sus contribuciones. Conmemorar el Sesquicentenario de la Campaña Nacional es fundamental para la sociedad costarricense de hoy; pero tal conmemoración exige partir del saber histórico existente y respetar las normas que regulan su producción. La Costa Rica de inicios del siglo XXI merece una historia profesional de la guerra de 1856-1857, que rompa definitivamente con las prácticas historiográficas de 100 años atrás.

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