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/LA NACIÓN

Clases de francés de N. Sarkozy

Una derecha fuerte, un socialismo confuso y una extrema izquierda aniquilada

Michel Rocard*
Copyright: Project Syndicate, 2007@nacion.com

* Exprimer Ministro de Francia y líder del Partido Socialista, miembro del Parlamento Europeo

Francia ha elegido –y lo ha hecho con decisión–. El futuro presidente francés será Nicolas Sarkozy, electo por el 53,1% del voto popular, con una participación de 84,8%, la más alta desde 1981. Estas elecciones fueron particularmente ricas en lecciones. Se decía que Francia era un país estancado en la apatía y cada vez más desinteresado en la política. En los últimos 20 años, el número de ciudadanos empadronados había estado disminuyendo y, de ellos, el número de los que no salían a votar había estado aumentando. Entre los que sufragaban, el número de los que emitían su voto por los partidos de la extrema derecha y la extrema izquierda –es decir, por los partidos que no están capacitados para gobernar –estaba aumentando continuamente.

Todo eso cambió en las dos vueltas de las elecciones de este año. La primera lección, entonces, es que Francia se está repolitizando. Con una participación de los electores que batió todos los récords europeos, el nuevo presidente de Francia tendrá legitimidad excepcionalmente fuerte.

Segundo, e igualmente importante, el voto extremo se está debilitando. El apoyo al Frente Nacional cuasifascista de Jean-Marie Le Pen cayó de un 18% en 2002 a un 10% en esta ocasión, lo que representa un avance importante para la estabilización democrática. Del mismo modo, la extrema izquierda, que en conjunto postuló seis candidatos presidenciales, fue políticamente aniquilada. Solamente el candidato trotskista obtuvo más del 4% del voto, mientras que el resto –incluyendo al Partido Comunista francés, que durante más de 30 años obtuvo una proporción estable del 20% de la votación– ganó menos del 2%. Es el fin de una aventura que para nada fue buena para Francia.

Fin del gaullismo. La tercera característica de las elecciones fue el surgimiento de un electorado de centro que buscaba distanciarse –de hecho separarse– de la derecha. Este es un suceso crítico en Francia. El valiente candidato del nuevo centro, François Bayrou, logró triplicar su apoyo comparado con el de 2002, con un 17% de los votos, aunque esto no fue suficiente para que pasara a la segunda vuelta.

Era demasiado pronto, en términos del desarrollo de la cultura política francesa, para que se formara una alianza entre Bayrou y la candidata socialista, Ségolène Royal –propuesta que hice antes de las elecciones–. La falta de un acuerdo entre Royal y Bayrou para apoyar al ganador de la primera vuelta en la competencia con Sarkozy explica en gran parte la derrota en última instancia de ambos. Pero esto es entendible. Históricamente, el Partido Socialista no tiene una tradición de gobiernos de coalición, mucho menos la de buscar fórmulas de coalición hacia su derecha. Ese día llegará, pero requiere más tiempo.

La cuarta lección se deriva de la postura de Sarkozy como un ultra-liberal clásico. Si bien es muy francés en lo que se refiere a su educación y formación –¡no habla inglés!–, no es ni jacobino ni gaullista. En efecto, la tradición gaullista termina con él.

Sarkozy hizo público su desacuerdo con el presidente saliente Jacques Chirac sobre la posición de Francia en contra de la guerra de Iraq encabezada por Estados Unidos. El presidente George W. Bush, quien fue el primero en felicitar a Sarkozy, tiene un nuevo aliado en Europa. Sarkozy cree en la eficiencia de los mercados y va a evitar que el Estado intervenga en la economía. De ese modo, contribuirá a la reconciliación de la hasta ahora nacionalista derecha francesa y el conservadurismo moderno como se practica en otros lugares.

Dilema socialista. La quinta lección puede ser la más grave. La izquierda francesa, representada por los socialistas, ha sufrido su tercera derrota consecutiva en una elección presidencial. Dada la erosión del poder de la derecha y la personalidad no demasiado atractiva de Sarkozy, los socialistas tenían la puerta abierta para ganar.

El desastroso fracaso de la izquierda tiene muchas causas. Pero la más importante, en mi opinión, fue la ausencia de una estrategia clara de parte de los socialistas, que se rehúsan sistemáticamente a tomar las decisiones que la socialdemocracia internacional gradualmente ha aceptado y que en la actualidad encarna el Partido de los Socialistas Europeos. La izquierda internacional ha optado por un rumbo reformista, que incluye, cuando es necesario, coaliciones con socios de centro. La opción reformista acepta plenamente la internacionalización de la economía de mercado actual.

El persistente estatismo y etnocentrismo del Partido Socialista Francés y su renuencia a aceptar coaliciones con movimientos que están a su derecha, reflejan su historia violenta y turbulenta y la larga dominación de los comunistas franceses. Pero estas características constituyen un obstáculo para que los socialistas puedan ser el partido en el gobierno y se reflejaron en su programa electoral, lleno de incertidumbre y de indiferencia hacia Europa y el contexto internacional más amplio. A los electores no les pareció creíble. Esta lección es tan evidente que el Partido Socialista Francés enfrenta ahora una clara opción. O moderniza su programa para acercarse a la socialdemocracia internacional, o entrará en un período de decadencia lenta y prolongada. Los socialistas no tienen más alternativa que participar en un debate que, con seguridad, será arduo y ruidoso. Pero el resultado es mucho menos claro.

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