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Doña Tilde El menú de la Guevara, además de las comidas y la charla edificante, incluía bondad y cariñoGerardo Chaves gchaves@nacion.com Traductor Frente a la Universidad de Costa Rica, donde termina lo que ahora llaman “Calle de la Amargura”, estaba la Soda Guevara, la cátedra informal, la tertulia más rica, la de la estirpe de Constantino Láscaris. Lástima que la ateflonada memoria, la única parte impoluta por desuso del cerebro que conservamos, no sirve para retrotraer al menos una pizquita de las sabias, satisfactorias y plenas conversaciones a las que prestábamos oído en tan histórico lugar. La Soda Guevara era, en lo material, el negocio de comidas de la familia de don Luis Guevara –de grata memoria y quien siempre recurría a juegos de palabras para tratar de engañar a este entonces “murruco” alajuelense y compartir algunas risas– y doña Clotilde Zeledón, donde estudiantes y profesores acudían a lo largo de la jornada a satisfacer algo más que la necesidad de alimentarse. Con ojos de madre. Nosotros, metidos en la camisa de fuerza de una beca de ¢150 al mes, no podíamos darnos el lujo de una comida formal, por lo que nos las arreglábamos con un pastelillo de piña o una orden de natilla, con café, que costaban cuatro reales (50 céntimos). La extraña orden en medio de los almuerzos no escapó al sentimiento maternal y perspicacia de Doña Tilde. “Dígame, Gerardo, sinceramente, ¿por qué es que usted no almuerza? Si es por plata, no se preocupe. Almuerce y ahí cuando puede paga”. El nudo en la garganta se forma de nuevo al recordar las palabras de Doña Tilde , un bálsamo para los oídos y el estómago del siempre hambriento joven adulto. A partir de entonces y por mucho tiempo, se empezó a reducir la pérdida de más de 7 kilos de peso que nos había costado el ayuno forzado. Eso sí, cada vez que la beca lo permitía o cuando nos salía alguna chamba, acudíamos presurosos a reponer algo de lo mucho que recibíamos pero que, ni por asomo,Doña Tilde alguna vez cobrara. En el hogar. Llegó otro día de nudos en la garganta. “Vea, Gerardo, ya vamos a dejar de vender almuerzos... pero a Albertico –un amigo de La Garita que estudiaba Derecho, creo– y a usted les vamos a seguir dando un gallito en la casa. Ustedes están estudiando y necesitan alimentarse”. Y compartimos la mesa de la numerosa prole de los Guevara Zeledón. Ay,Doña Tilde , yo sé que allá en el Cielo sabrá perdonar mi ingratitud por no haberle dicho esto en vida, cuando se deben decir las cosas. Perdone la estupidez humana que hace posible que llevemos un agradecimiento siempre vivo y que no lo expresemos cuando y a quien corresponde, en este caso a usted y toda su familia, por tanto cariño y bondad.
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