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Polígono Fernando Durán Ayanegui Rescoldos Con la música me declaro medio sordo, pero eso no quita que ciertas melodías se me peguen como cobradores y me sirvan para paliar el aburrimiento cuando un semáforo inteligente pero loco me detiene por más de dos minutos. Otras veces, la vida real me ofrece un espectáculo que se me antoja un tanto cinematográfico y no puedo evitar preguntarme cuál debería ser el fondo musical de la escena. Existe, por cierto, un personaje que aparece frecuentemente en la “tele” y siempre me trae a la mente unos compases de la obertura deLa urraca ladrona , de Rossini. En fin, cada cual con sus locuras y la mía es culpable de que siempre me retire de la sala cada vez que un discurso ajeno dura más que la sétima sinfonía de Beethoven. Y, por supuesto, he escuchado discursos bastante cortos (máximo 18 minutos) tan repetitivos que lo único que me traen a la mente es elBolero de Ravel o la melodía de “los pollitos”, deCuadros de una exposición , de Mussorgsky. Sin embargo, la última vez que repasé mentalmente esta última, fue durante una actividad política que tuvo lugar en una sala del lado este de la Capital y a la que asistí por accidente: iba para un funeral y seguí la fila equivocada de autos. Habían hecho acto de presencia dos personajes que tuvieron, en la política, sus quince minutos de fama hace mucho tiempo y, al parecer, ya nadie los recuerda. Tan pronto como me dediqué a observarlos, comenzó a revolotear en mi mente la musiquita juguetona de Mussorgsky. Las dos figuras se movían de manera más bien espasmódica, desplazándose de un grupo al otro y al otro, distribuyendo, entre la multitud de azorados desconocidos, apretones de manos, abrazos y húmedos besos, arrastrando los pies a la manera de Charles Chaplin y esbozando el anuncio de una marca de crema dentífrica. Cuando me tocó el turno, noté que él apestaba a tabaco rancio y ella parecía maquillada por Pablo Picasso después de una francachela. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que el fondo musical que me daba vueltas en la cabeza se originaba en la idea de que aquellos pollitos confundidos hacían todo los posible por hacerse recordar por un público al que todas las famas se le olvidan tan pronto como faltan solo tres días para un partido entre la “Liga” y el “Mostro”. Temí entonces que se volvieran taquicárdicos y, para salvarles la vida, comencé a buscar en mi memoria los restos de un melancólico vals de Chopin.
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