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Carrera por vivir Ángela Ávalos R. Periodista La muerte acechó a Mauricio Awan cada vez que se iba la electricidad. Su carrera era por la vida, porque él depende de un respirador eléctrico para sobrevivir. Ni él ni su familia corrieron estos días por comida exprés o por comprar cocinas de gas, candelas o baterías para el televisor, con tal de no perderse el partido o la novela. Ellos corrieron en busca de algún lugar con planta de energía propia que se apiadara de su necesidad y les permitiera conectar el pequeño aparato para que el joven siguiera viviendo. Varios centros comerciales les prestaron un enchufe durante las largas horas en que faltaba la luz. El día en que mi colega Vanessa Loaiza escribió una nota sobre esta historia, llamaron muchas personas interesadas en ayudar a este joven. ¿Llamó alguien del ICE? ¡Por supuesto que no! Algunos de los jerarcas de ese Instituto ni siquiera estaban en el país. Los pocos a quienes no les quedó más remedio que dar la cara, estaban más preocupados en rebuscar excusas sobre su total inacción ante las alertas reiteradas sobre esta crisis energética. La población todavía espera una razón convincente y aguarda ver a los responsables de tanta inmovilidad institucional (cualquiera que haya sido el gobierno en el que trabajaran) pagando las consecuencias de su falta de previsión. ¿Cuál será la próxima excusa? ¿Será que si les autorizan el aumento tarifario se realizará, de repente, el “milagro de las aguas” para acabar con los apagones? El caso de Mauricio Awan seguro tuvo infinitud de réplicas a lo largo y ancho del país. Sé, al menos, de una asociación de padres con niños que padecen problemas degenerativos. Es un grupo de unos 30 chiquitos y adolescentes, quienes necesitan de respiradores para mantenerse vivos. Muy probablemente, ellos sufrieron los mismos contratiempos de doña Bernardita Víquez, la mamá de Mauricio. ¿Cómo los afrontarían? ¿Qué estarían haciendo los enfermos terminales y sus familias cada vez que se iba la electricidad? Además de las enormes pérdidas económicas ya contabilizadas por industriales y empresarios, las congojas de decenas de personas invisibilizadas por las cifras económicas valen tanto como el impacto de esta crisis en los niveles de competitividad del país. Ayer, el jerarca del ICE prometió que no habrá más racionamientos. Solo imagino lo que significará esta noticia para Mauricio, su mamá y otras familias que enfrentan el mismo problema. Que el ICE tome en cuenta estas historias para no entrar, de nuevo, en la misma jugarreta de excusas, que solo sus funcionarios creen.
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