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EDITORIAL

Por la libertad de expresión

El Día Mundial de la Libertad de Prensa importa a todos los ciudadanos
El país necesita mejores leyes y resolver los crímenes de comunicadores


Hoy conmemoramos una fecha de vital importancia para la democracia: el Día Mundial de la Libertad de Prensa, establecido por acuerdo de la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1993, para marcar la ocasión en que, bajo el patrocinio de la Unesco, un grupo de periodistas africanos suscribió en Namibia, en 1991, la “Declaración de Windhoek”. En ella hicieron públicos una serie de principios a menudo negados en varios países, especialmente de su continente, pero esenciales para la vigencia de los derechos individuales y sociales en cualquier latitud. Esos principios tienen que ver con la necesidad de una prensa libre, independiente y plural como sustento de la vida democrática y de las libertades individuales.

Bien lo dice laConvención americana sobre derechos humanos , de 1969, en el artículo 13: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección”. De forma más sucinta, nuestra Constitución Política lo recoge en el artículo 29, y la Corte Interamericana de Derechos Humanos, al interpretar la Convención, ha destacado que “sin una efectiva libertad de expresión, materializada en todos sus términos, la democracia se desvanece, el pluralismo y la tolerancia empiezan a quebrantarse, los mecanismos de control y denuncia ciudadana se empiezan a tornar inoperantes y, en definitiva, se empieza a crear el campo fértil para que sistemas autoritarios se arraiguen en la sociedad”.

A lo largo de los años, los costarricenses hemos sido testigos y protagonistas de lo importante que resulta mantener vigente la libertad de expresión. Sin ella, probablemente muchos de los avances que nuestra sociedad ha realizado en pro de la transparencia y el buen manejo de los asuntos públicos, no se habrían dado. Gracias a ella, los ciudadanos hemos logrado una voz y una participación más activa en temas que nos conciernen a todos. De todo esto debemos felicitarnos, pero está muy lejos de implicar que Costa Rica vive condiciones ideales para la libertad de expresión. Por desgracia, tenemos serios desafíos y barreras para su más pleno ejercicio.

En primer lugar, aún se mantienen impunes los asesinatos de los comunicadores Ivannia Mora y Parmenio Medina; también, el atentado de La Penca, Nicaragua, en el que murieron o fueron gravemente heridos periodistas costarricenses. Son hechos que no dejan de golpear nuestra conciencia, y que se convierten en un reto permanente para nuestra justicia. Porque la peor agresión a la libertad de prensa es el crimen, pero su segundo gran enemigo es la impunidad de los criminales.

A lo anterior hay que añadir una legislación restrictiva y muy imperfecta, que, bajo el argumento de proteger el “honor” de las personas –valor sin duda importante– ha conducido, en verdad, al asedio legal contra periodistas, medios y ciudadanos que se expresan por ellos; es decir, a limitar la libertad de expresión. Por esa legislación, y por su aplicación excesiva por nuestros tribunales, el Estado costarricense fue condenado por la Corte Interamericana en el 2004, tras un largo proceso en el que la víctima fue nuestro periodista Mauricio Herrera, pero que, al fin, concluyó con una victoria para la libertad, por la claridad de la sentencia.

Pese a la enorme llamada de atención que implicó la sentencia de la Corte, aún ha sido imposible reformar el Código Penal y la Ley de Imprenta , para poner nuestra legislación a la altura de la doctrina interamericana e internacional. Y la razón, por desgracia, es que nuestros diputados y dirigentes políticos, aunque pregonan su respeto a una libertad de expresión más plena, se niegan, en realidad, a tomar las acciones para hacerla efectiva, vía su capacidad para legislar. He aquí un caso de mora más de nuestra Asamblea Legislativa, y he aquí una tarea inaplazable si, en verdad, estamos interesados en mejorar nuestro ejercicio democrático. Este Día Mundial de la Libertad de Prensa debería ser una gran campanada para que, al fin, la reforma se dé.

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