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El Congreso y la muerte Es obligación de la Asamblea Legislativa aprobar leyes que mejoren la vidaMario Madrigal papasil@ice.co.cr Periodista y escritor Durante la Semana Santa (¿por qué le dirán “Santa” si es la época del año cuando la mayor parte de la población come hasta el hartazgo, toma más licor que nunca y busca la compañía de la violencia y la muerte?), me hice un reemplazo de cadera, operación que, por mi edad, era de bastante riesgo. Entré al quirófano, sin embargo, sin el menor temor, ya que sabía que estaba en las hábiles, generosas y sabias manos del doctor Jaime Ulloa. Durante el período de recuperación, que aún continúa, he tenido tiempo para meditar sobre muchas cosas. El doloroso regreso de la pachanga de la llamada Semana Mayor, con conductores borrachos e irresponsables que traen marcadas en la frente la agresión y la muerte, me hace pensar que tal vez convendría no imponer a toda la población unos festejos religiosos cuyo espíritu solo interesa a una pequeña parte de esa población. Recuerdo que en una ocasión publiqué un artículo en el cual contaba que, aunque mi dieta normal era prácticamente vegetariana, no dejaba nunca de comerme un lomito o una chuleta el Viernes Santo, lo que produjo la furia de mi amigo desde la infancia, ya que su padre y el mío siempre fueron muy amigos, Fernando Guier. Pienso que con igual derecho –o con igual sin razón– se podría enojar un judío si uno contara que había cenado alguna parte de un cerdo. Sin hacer el menor caso. Me pareció muy sensata –y valiente– la declaración del presidente Arias sobre la necesidad del uso generalizado del condón, a pesar de la intransigente oposición de la Iglesia Católica, intransigencia que abarca también la condena de los divorciados que se casan de nuevo. Me cuesta entender como justifican que un joven de 20 años, a quien su esposa engaña con cualquiera que pase por el frente de su casa, o una joven de más o menos la misma edad a quien su esposo drogadicto agrede constantemente, no puedan jamás rehacer sus vidas sentimentales por la condena de esta iglesia. La ventaja es que cada día más personas –ya la mayor parte de la población– no hace el menor caso a esta condena y se casan civilmente cuando quieren, así como tampoco hacen el menor caso a la prohibición de usar métodos de control de la natalidad artificiales y cada uno usa el que mejor le parezca. El récord de muertes en carretera de esta Semana Santa, la mayor de toda la historia costarricense, me lleva a preguntar cómo es posible que en el Congreso exista un proyecto de ley para aumentar las penas por estos delitos y pasan los meses (pronto van a ser años) sin que los diputados se dignen discutirlo y, como es lógico, aprobarlo. Da pena observar las pequeñeces sin la menor importancia en las cuales los mal llamados Padres de la Patria pierden su tiempo, en lugar de abocarse a discutir temas tan importantes como una nueva ley de tránsito que si bien no acabará con los accidentes, por lo menos los reducirá considerablemente. Desaparición de ebrios. Hace ya varios años tuve la oportunidad de visitar Londres y un amigo inglés nos llevó a una noche de visitas de “pubs”. Aunque llegó en su automóvil, nos indicó que prefería seguir en taxi porque si lo encontraban manejando después de haber bebido dos cervezas la multa sería el equivalente de su sueldo de un mes. Desde que pusieron estas multas en Inglaterra, prácticamente desaparecieron los conductores ebrios. Nuestro congreso es, aunque algunos lo duden, el Primer Poder de la República y es su obligación crear leyes que mejoren la vida, que crean vida y, no como hacen ahora, que al negarse a discutir la nueva ley de tránsito más bien se asocian con la muerte.
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