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Dejando el vagón del HNN Muchos ángeles terrenales dan calidad de vida a lo largo de los añosMaría José Vega Monge Hace unos 16 años, inicié la dura lucha contra una enfermedad: artritis crónica juvenil inespecífica; a partir de ese momento, el Hospital Nacional de Niños (HNN) fue mi segundo hogar. Recuerdo momentos de alegría y de dolor. Es increíble: experimenté sentimientos de rechazo y de admiración simultáneos, pero inexplicables. En él se encierra el dolor humano disfrazado de enfermedad, el amor de Dios disfrazado del amor de madre, la experiencia angelical disfrazada de personal de salud y el apoyo de todos los costarricenses que, sin conocer a los que necesitamos los servicios del Hospital, han permitido que un ente como este subsista a través del tiempo, para atender la necesidad de vivir que algunos niños o adolescentes tenemos. Sería injusto pasar por alto mi encuentro con dos bellos ángeles, de seguro puestos por la mano de Dios para mitigar el dolor de mi madre y el personal: la doctora Olga Arguedas y el doctor Óscar Porras, fieles representares de una digna profesión; más que profesionales, fueron mis amigos. Después de ratos de espera y de temor por el resultado de exámenes, con su sola presencia, la seguridad me invadía y reconocía que no estaba sola con mi familia ante esta enfermedad, sino que contaba con una fuerza más allá de todo lo explicable; en sus manos sentía el amor; en sus decisiones el conocimiento; en sus gestos la ternura; y en su trato el corazón. Ni fácil ni bonito. Pero hoy, después de ser el Hospital Nacional de Niños un pedazo de mi existir, con dolor debo bajar de este vagón de niños, en la Terminal Número 17 (por años cumplidos), y subir al tren de los jóvenes adultos. No crean que es fácil ni bonito, pero sí necesario. Sé que mi lugar lo ocupará otro niño, que necesita más que yo ese asiento en el vagón; un niño en busca de ángeles que lo atiendan, como me atendían en mis consultas y me cuidaban en mis internamientos. Con dolor observo como se aleja ese tren sin retorno y se aproxima otro, que sin duda alguna tendrá ángeles esperándome, como el doctor Álvaro Castro Poltronieri y el doctor Eduardo Avilés, del Hospital San Juan de Dios. Muchas gracias doctores, enfermeras, auxiliares de enfermería, secretarias del Hospital Nacional de Niños, y a quienes contribuyen a que el peso de mi enfermedad sea menor. Recuerden que detrás de cada sonrisa de un niño enfermo hay una madre que sufre, hay ángeles que cuidan y hay una esperanza de continuar viviendo con calidad de vida. A todos mis ángeles anónimos, un beso y un abrazo a la distancia.
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