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Clientelismo: basura por desechar

Clientelismo, una desgracia corrupta y corruptora que afecta y deteriora las democracias

Mauricio Víquez Lizano
canino@racsa.co.cr


Para efectos puramente académicos, hace unos días debía hacer un informe sobre un tema político. Un acontecimiento familiar y la columna dominical de don Rodolfo Cerdas (La Nación , 25/1/07) me han obligado a poner mi interés, a propósito de ese trabajo, en un asunto que se me ocurre hoy urgente y hasta dramáticamente esencial. Me refiero aquí a eso que comúnmente se denomina clientelismo político; esto es, ese sistema extraoficial nefando de intercambio de favores, en el cual los titulares de cargos políticos regulan la concesión de prestaciones, obtenidas por medio de su función pública o de contactos relacionados con ella, a cambio de apoyo electoral o para agradecer aportes a campañas anteriores.

En un sistema de este tipo, el poder sobre las decisiones del aparato administrativo del Estado se utiliza para obtener beneficio privado; e incluso, la relación que se genera puede fortalecerse mediante la amenaza, que podría traducirse en daños para quienes no colaboren con el sistema.

Lamentable institucionalización. Este sistema se halla, lamentablemente, “institucionalizado”, en el sentido sociológico del término. Es conocido, practicado y aceptado (aunque no necesariamente aprobado) por los actores, con todo el entramado de creencias, presunciones, habilidades y hábitos que conlleva.

Cada participante del campo clientelar tiene objetivos propios. Los clientes buscan respuestas a sus necesidades básicas inmediatas; los mediadores pueden motivarse por diferentes cuestiones –normalmente rastreras–, y los patronos buscan a su vez acumulación política, como objetivo estratégico, y acumulación electoral, como objetivo coyuntural. Los patronos suelen ser gobernantes o legisladores; los mediadores, parte de la plantilla de ministerios, municipios o colaboradores con puestos de consolación. Y he aquí otra característica del clientelismo: se ejerce a partir de la estructura burocrática o del aparato público estatal. Del Estado provienen, por lo general, los recursos que aceitan los intercambios clientelares.

Como se ve, se trata de una desgracia corrupta y corruptora que afecta y deteriora las democracias, con unos efectos muy notorios, sobre todo,en el contexto latinoamericano.

Inmisericordes ataques. En Costa Rica, y he aquí el centro de esta nota, han surgido recientemente dos iniciativas gubernamentales importantes para frenar este cáncer, un mal que ahora ha resultado incluso patrocinado por las camarillas sindicales de turno. Uno de esos intentos para frenar este horroroso mal fue ahogado por los padrinos del sistema, y el otro es atacado sin misericordia desde los frentes más diversos y disímiles. Sin embargo, se trata de un mal que debe acabar a como dé lugar. Si lo emprendido desde el IMAS colapsó por maquinaciones internas y externas a la entidad misma, ojalá que el Ministro de Educación no dé su brazo a torcer y logre vencer. Se ha de cambiar el panorama, de tal manera, que el “interés específico” –en expresión de Bourdieu– responda a un interés (illusio) más general. El ministro Garnier está por hacerlo; todos tenemos que apoyarlo para que triunfe y esa basura que es el clientelismo político acabe de una vez por todas y para todos los gobiernos que vengan en los siglos y siglos futuros. ¡Ánimo, señor Ministro!

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